En mi opinión, uno de los enemigos más difíciles de enfrentar, y más letales, son los miedos.
Tenemos miedo a casi todo. Y, lo que es peor, no sabemos por qué
tenemos miedo, no sabemos que los miedos son irracionales y sin entidad,
y que los podemos desmontar y escapar de sus condicionamientos y su
tiranía agresiva.
Esos miedos, tan influyentes como desconocidos,
son los que nos impiden tomar decisiones con libertad, los que atascan
nuestra vida, los que nos impiden la normal evolución y el desarrollo
sin entorpecimientos.
Así que cuando tenemos que romper con algo,
o deshacernos de un impedimento o un lastre en nuestro camino -aunque
seamos muy conscientes de ello y de los beneficios que nos aportaría o
las calamidades que nos evitaría-, hay algo que nos lo impide, algo que
nos invita a aplazarlo u olvidarlo, algo que se presenta como uno de
esos refranes de dudosa veracidad para tratar de convencernos –“más vale
malo conocido que bueno por conocer”-, algo que es un autoengaño
aprendido… y en realidad son nuestros miedos disfrazados de diferentes
cosas.
Para hacer una tortilla hay que romper los huevos. Así de claro. Si uno no rompe los huevos no podrá tener una tortilla.
Convendría hacer un alto en la lectura y prestar atención para
comprobar si algo en nuestro interior se ha atrevido a hacer una
relación al leer la frase.
Convendría dar un poco de tiempo a que
la frase se encontrara con la parte de nuestro interior que se ha visto
reflejada o afectada directamente.
Todos sabemos que sería
beneficioso para nosotros el hecho de romper una relación personal, un
hábito o un vicio, una fantasía que se ha convertido en auto-agresiva,
con una parte del pasado, con algo o alguien que ya debería estar en el
pasado o en el olvido, con un trabajo o una costumbre, con un miedo o un
impedimento…
Todos tenemos cosas que romper y miedos que lo impiden.
Todos tenemos propósitos de cambio que conllevan la ruptura con
personas o cosas, pero el miedo se entromete, miedo que no se sabe en
qué se basa para tener miedo, miedo que usurpa a veces un puesto que no
es el suyo pero que aprovecha para acobardarnos y dejarnos anclados en
un estado presente que no es el realmente deseado.
Para algunas
personas que se atreven a afrontar esta situación de romper les puede
servir hacerse una pregunta, que ha de ser directa y sincera y estar
dirigida al propio corazón, a la propia comprensión descondicionada, al
Sabio Interior, o a quien uno se encomiende cuando tiene que resolver un
asunto trascendental.
La pregunta es: ¿Qué es lo peor que me puede pasar si…?
Los puntos suspensivos los rellena cada uno con la que es su inquietud o su duda.
Y la respuesta nunca es tan grave como se suponía. No hay tanto drama.
Al verbalizarla pierde sus aristas y gran parte de su poder paralizante.
Y, además, el riesgo que se corre queda claramente compensado por los
beneficios que, indudablemente, nos va a aportar el romper con esa
situación que, es evidente, nos afecta de un modo negativo.
Ya sé
que algunas personas para tomar una decisión de ruptura se ven
condicionados por lo que ahora se llaman “daños colaterales”, o sea, que
otro se pueda ver perjudicado por la decisión de uno.
En estos
casos es la conciencia de cada uno quien ha de dar su opinión, pero hay
que tener mucho cuidado de que no sea el miedo quien conteste en nombre
de la conciencia, o de que esa conciencia no sea pura y esté contaminada
por un mal entendimiento del cristianismo –y la caridad y el sacrificio
y el amor al prójimo mal interpretados-, o que uno se deje gobernar por
un servilismo condicionante y enemigo, o que uno siga pensando que no
tiene derecho a defender y primar sus derechos.
Sólo apunto que, en ciertos casos, un mal llamado egoísmo que sea justo es necesario.
Si tienes algo con lo que romper… hazlo.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
“Oír o leer sin reflexionar es una tarea inútil”. (Confucio)
Si te ha gustado ayúdame a difundirlo compartiéndolo.
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