La demanda actual que
presentan muchos pacientes deja en evidencia el hábito de dirigir la
gran mayoría de sus pensamientos y conductas hacia el exterior.
Lo
que suelen hacer es crear con ello toda una tempestad de pensamientos e
imágenes que actúan añadiendo aún mas estrés, al tratar de buscar
constantemente soluciones que no alcanzan y ante la impotencia de tener
pensamientos intrusivos, recurrentes y persistentes, que producen
inquietud y conductas repetitivas, denominadas compulsiones dirigidas a
reducir la ansiedad asociada.
Sin embargo, las cosas no son como
parecen, este comportamiento no es una enfermedad de los tiempos
modernos. Es un problema que viene de lejos. Hay que buscar caminos que
distraigan la mente de la búsqueda obsesiva de soluciones al dolor y la
sensación de amenaza.
Podemos estar años rumiando con pensamientos e
imágenes de una ex pareja, centrándonos en “aquellos momentos lindos”
vividos en los dos primeros meses, pese a que el otro ya ha constituido
una nueva familia
Voy a usar un cuento para explicar las resonancias que tengo en la práctica clínica:
Cuentan que el alumno preguntó a su maestro: “Maestro, siento dentro
de mí dos lobos que luchan. Uno me lleva a ideas, sentimientos y
acciones positivas y el otro en cambio es malo, negativo, violento.
¿Cómo sé cuál de los dos ganará?”
Y el maestro le respondió: “Eso es fácil. Ganará aquel al que alimentes”.
Aquellos pensamientos, ideas, sentimientos e incluso acciones que
cultivemos, aquellas a las que “demos de comer”, son los que
prevalecerán en nosotros al final.
No podemos evitar sentir o pensar
determinadas cosas. Somos tanto ese lobo bueno, con sus ideas y
sentimientos buenos, como el lobo malo con sus emociones negativas. Esa
dualidad está en nosotros. No lo podemos evitar. Pero también somos esa
tercera parte que observa los lobos, que los identifica, y puede decidir
a cuál de los dos alimenta, a cuál le quiere dar de comer. Siempre hay
una parte (mayor o menor) de voluntariedad en lo que podemos pensar e
incluso sentir.
Imaginemos que tenemos un pensamiento obsesivo, que
no queremos pero que no podemos evitar. Solo nos agota y nos quita
energía, y no lo queremos.
En todas estas circunstancias podemos hacer algo para minimizarlo:
1. Toma distancia de él. Míralo desde fuera, como si fuera ese lobo.
Desapégate de él. No te pelees. Bien, ha venido, está aquí otra vez. No
pasa nada, no es mi voluntad. No soy yo, porque yo no lo quiero conmigo.
2. Sé consciente de que no va a estar contigo eternamente. Pase lo que
pase antes o después se irá. Tardará más o menos, pero desaparecerá.
3. Y ahora es cuando puedes empezar a hacer algo. Lo primero, no le
dediques tu atención, no te metas en él, no le des tu energía mental. No
lo explores más, todos los caminos están recorridos ahí dentro. Puede
que no se vaya ahora mismo pero mientras esté yo no lo voy a atender.
4. Usa el STOP de pensamiento. Es una técnica muy útil: detén activa y
voluntariamente ese pensamiento y pon otro en tu mente. Fuérzate a
hacerlo. De forma voluntaria trata de pensar en otra cosa.
5. Si
de pronto te ves que el pensamiento ha vuelto, casi sin darte cuenta, no
te rindas y repite la secuencia. Una y otra vez, repite el proceso de
apartarlo y pensar en otra cosa. Verás que cuanto más veces lo haces más
fácil te resulta.
6. Si es un pensamiento obsesivo franco es
posible que no consigas quitarlo del todo incluso con estas técnicas. Es
normal, puede que necesites una ayuda extra. Pero todo el esfuerzo que
haces de apartarlo y no prestarle atención, observarlo desde “fuera” y
no alimentarlo, es francamente útil. No cae en saco roto.
7. A veces
consigues hacer otras cosas, pero sientes que una parte de ese
pensamiento sigue en algún espacio de tu mente, con menor intensidad.
Está bien, de nuevo evita sentirte atraído por él. Sigue con tus cosas y
deja que vaya apagándose poco a poco. Ante todo, no le des de comer…
8. A algunas personas les sirve quedarse observando ese pensamiento
“parásito” ajeno a nosotros e imaginar cómo el viento lo desplaza y lo
barre, como a una mala nube en el cielo.
Estas técnicas nos
sirven tanto para los pensamientos obsesivos como para cuando nos vemos
repetidamente rumiando en nuestra mente algo a lo que no queremos
dedicar más atención y que nos desgasta. Si lo practicamos veremos cómo
resulta útil en muchísimos casos.
Si te reconoces con este tipo de
pensamiento persistente y que te hace padecer, estás necesitando ayuda
profesional. Es el momento de consultar, sin miedo ni vergüenza. En
ocasiones se hace necesaria también alguna medicación para poder
manejar mejor los estados de ansiedad.
Elena Ruth Mandel
No hay comentarios:
Publicar un comentario