En mi opinión, estar en el mundo, y en la vida, y VIVIR, comporta una
continuidad diaria de riesgos con los que hay que convivir. No hay otro
remedio. Son inevitables.
Lógicamente, uno trata de minimizarlos, de resolverlos rutinariamente,
de no dar importancia a los que no tienen importancia, pero están ahí y
no siempre se consigue eludirlos o resolverlos bien.
Decir algo conlleva un riesgo, pero callar puede tener el mismo riesgo u
otro superior. No se sabe. Correr comporta un riesgo, pero también
quedarse quieto, porque no moverse puede ser igual de arriesgado… o más.
Hacer y no hacer tienen su riesgo.
Tomar resoluciones, coger un camino u otro, escoger como pareja a una
persona u otra distinta, elegir este trabajo o uno distinto… todos los
días tomamos cientos de decisiones y no somos conscientes nada más que
de las “importantes”, o sea de aquellas que conllevan un riesgo más
evidente, de aquellas en las que nos jugamos el bienestar, el futuro, la
economía… y las que nos pueden perjudicar emocionalmente.
Cruzar por un paso de peatones, conducir un vehículo, pasar delante de
un edificio, bajar las escaleras, decidir qué se quiere hacer con la
vida propia, a quién se quiere tener al lado y a quién despedir, qué
aceptar y qué desechar… todo tiene un riesgo.
Tomar decisiones implica seleccionar sólo una de entre las muchas
opciones, y eso conlleva la posibilidad latente de equivocarse. El
sufrimiento primordial a la hora de tomar una decisión es que hay que
descartar todas las demás y, salvo que sea muy, muy, muy, clara y
perfecta la decisión tomada, siempre va a quedar la duda de qué hubiese
pasado si se hubiera seleccionado otra.
El miedo principal en el riesgo que es tomar cualquier decisión es el
miedo a uno mismo. A cómo reaccionar “si me equivoco”. Porque detrás de
cada “error al decidir” aparecerá una retahíla de reproches, una mala
cara, un enfado que durará días, una autoestima afectada… y en lugar de
eso, tras cada “error al decidir” –que no siempre es un error aunque lo
parezca- deberían esperarnos nuestros brazos abiertos, muy cálidos y
acogedores, invitándonos a refugiarnos en ellos; nuestra sonrisa llena
de amor y sin ninguna sombra de reproche, la comprensión ante lo
sucedido, y la lección que se ha aprendido con esta experiencia. Y nada
más.
Si ahora mismo probamos a ver con otra mirada lo que hacemos cada día,
lo que decidimos cada día, o cómo nos comportamos, comprobaremos que el
riesgo está presente continuamente, y si somos listos deduciremos que es
conveniente convivir con él sin temerle, y que es mejor aceptar el
resultado de todos los riesgos que tomemos desde la comprensión y no
desde el reproche.
Todo es un riesgo y cada uno tiene que decidir por qué se arriesgará. O para qué se arriesgará.
Ahí radica la libertad del Ser Humano y con eso se reafirma la toma de
responsabilidad de la propia vida y de los riesgos que vivir conlleva.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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