En mi opinión,
tendemos a confundir “la verdad” –y no decimos “nuestra verdad”, sino
“la verdad” como si fuese la gran e indiscutible e infalible verdad- con
lo que puede que sea solamente una opinión o una apreciación, con todas
las posibilidades que eso conlleva de que puede ser un error también.
En ocasiones nos ponemos demasiado tajantes con nuestras ideas, de modo
que las afirmamos como indiscutibles, categóricas, concluyentes… como
si nuestras ideas -convertidas en irrefutables verdades-, fuesen la
única fanática realidad y todas las demás estuviesen equivocadas.
Parece que sólo existiesen las opciones A y B. Y por supuesto que la
nuestras es A, la buena, y B es la del otro. Esta creencia es errónea,
porque generalmente las cosas tienen un porcentaje de A y otro de B.
Cada uno ve más destacado el porcentaje de su creencia, tendiendo a
menospreciar o despreciar directamente la creencia del otro, y se
considera en posesión de la razón, que llega a defender con gran ahínco.
A veces, con excesivo y violento ahínco, y de ahí vienen muchas
de las grandes discusiones que acaban mal, viene la pérdida de
amistades, la hostilidad manifiesta contra alguien, el enfrentamiento
verbal o físico, el vacío que se genera en el círculo de relaciones, o
el alejamiento físico de quien no opina igual.
En ocasiones, la
defensa de “la verdad” –que, insisto, puede que sólo sea una opinión- se
basa en un punto de vista que no es objetivo sino parcial, o se basa en
unas premisas que pueden estar equivocas o carentes de toda la
información. Ahí está el origen de muchos de los fanatismos.
El
ego está atento a manifestarse en estos casos, porque no consiente que
alguien ponga en duda su criterio, y salta enojado y guerrero contra
cualquiera que se atreva a contradecirle.
La palabra “discutir”
tiene tendencia a ser y estar mal interpretada. Su significado es muy
claro: “Dicho de dos o más personas, EXAMINAR atenta y particularmente
una materia”, “Contender y ALEGAR razones contra el parecer de alguien”.
En cambio hay una tendencia a convertir una discusión en una algarabía
de gritos innecesarios, no aportar elementos suficientes para justificar
el concepto personal –salvo el tono de voz más elevado- y dedicarse
como argumento a descalificar al otro, llegar al menosprecio o al
insulto, humillar, lastimar, la ofensa, la burla, el desprecio…
Cada persona tiene derecho a manifestar y defender su punto de vista, y
tiene la obligación de respetar lo que exponga el otro, aunque no esté
de acuerdo con ello. En esto se han de basar las relaciones, los
diálogos –que no tienen por qué ser acabar siempre en desencuentros- han
de ser exposiciones de ideas, y está muy bien que cada uno diga aquello
en lo que crea, pero no está tan bien pretender inculcar la idea propia
en el otro y que la coloque en el lugar de la suya. El respeto es
primordial.
Es posible que sólo haya una verdad en algunos casos,
la Gran Verdad, pero es más posible que la verdad sea solamente una
apreciación de un asunto visto desde una mente condicionada, desde los
prejuicios, desde los apasionamientos alterados, desde las obstinadas
intransigencias… y que cualquiera de estos modos no contengan la
objetividad suficiente y necesaria.
Es más posible que haya
tantas verdades como personas. A fin de cuentas, una de las acepciones
que tiene el diccionario sobre la palabra “verdad”, apunta que es “la
conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”. Aunque,
y esto hay que tenerlo claro o por lo menos dejar un espacio para
permitirse cuestionarlo, los sentimientos o los pensamientos en los que
uno basa “su verdad”, pueden estar muy equivocados, en cuyo caso “su
verdad” no tiene una base de criterio fiable, y es solamente una verdad
parcial o media verdad.
La recomendación más lógica en estos
casos es la de permitirse la posibilidad de admitir que la verdad propia
no sea nada más que una opinión desviada o tendenciosa, o que esté
falta de todos los elementos necesarios para emitir un juicio, o que
ciertos condicionamientos personales afecten a la capacidad de pensar
con criterios justos.
Es muy noble y honrado permitir el
cuestionamiento de las propias verdades, y puede llegar a ser muy
provechoso permitirse escuchar las verdades ajenas.
No hay que olvidar que aquello a lo que llamamos verdad puede que no sea más que la terquedad en una idea.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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