En mi opinión, la inmensa mayoría de
las personas tenemos pendiente una conversación, íntima y muy sincera,
con nosotros mismos.
Una de esas conversaciones con una taza de
café humeante en las manos o sentados frente al mar, una conversación
mientras suena de fondo un silencio que no nos distraiga y nos permita
concentrarnos en lo que estemos haciendo, una conversación precedida de
un abrazo, de un mirarse en un espejo y acoger a ese ser que se refleja,
que somos nosotros sin nada más, una conversación en la que aparezca
también el reconocimiento por las cosas buenas que hemos hecho –que
también las hay-, en la que se reconozca nuestra pequeñez, nuestra
inexperiencia en esta tarea de estar en la VIDA y sin experiencia, y de
tener que afrontar situaciones para las que no estamos capacitados y
desde lo poco que somos realmente.
Nos debemos disculpas por lo mal que nos hemos tratado en algunas
ocasiones, por lo injustos que hemos sido, por lo excesivamente
rigurosos y exigentes, por la falta de serenidad en tantas situaciones,
por la carencia de amor en la relación, por el frío y la distancia.
Nos debemos abrazos de acogimiento sin condiciones, de comprensión sin
juicio ni crítica ni castigo; abrazos que nos rodeen en silencio, que
sean de madre amada o de abuela adorada, reconfortantes, cálidos y
mullidos, generosos y hospitalarios, amables y protectores.
Nos
debemos muchas disculpas por exigirnos como si supiésemos de todo
–cuando no sabemos-, como si fuésemos perfectos –cuando no lo somos-,
por ser jueces tan rigurosos e injustos, y por negarnos el consuelo
cuando más lo necesitábamos.
Nos debemos caricias y sonrisas,
respeto y esmero, y nos debemos promesas de un presente con más atención
y más cuidado y estar siempre a nuestro favor y permitirnos las
“equivocaciones” sin hacer de ello un drama y comprender sin rigurosidad
nuestra naturaleza y ser más dulces en el trato y más cuidadosos con
nosotros mismos y darnos lo que nos falta y buscar lo que necesitamos y
colmarnos de besos.
Nos debemos paciencia, dedicación, comprensión, dulzura, mimos, un trato exquisito, un cuidado muy tierno.
Nos debemos miradas complacientes, unos brazos siempre abiertos, una
mano que nos rescate de los naufragios, paciencia, armonía, momentos
excelentes, VIDA.
Y todo eso nos lo debemos dar nosotros.
Si nos lo dan los demás, sea bienvenido. Pero no surtirá el mismo efecto.
Todo eso es AMOR PROPIO y el amor propio no lo sustituye el amor ajeno.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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