En mi opinión, en demasiadas ocasiones nos quedamos atascados en las
preguntas y no somos capaces de avanzar hacia las respuestas que les
corresponden. Y eso no es lo provechoso.
Hay veces en que uno se
queda filosofando en la grandilocuencia de la pregunta y hasta se siente
un poco intelectual. Uno se regodea en el hecho de que su mente
aparenta fluir ideas grandes y le llena la cabeza de unas opiniones
dignas de aparecer en cualquier libro de esos gordos que hay en las
bibliotecas importantes. De poco sirve.
Otras veces, uno se queda
desconcertado ante la cantidad de respuestas que aparecen, todas ellas
tentadoras pero inseguras y ninguna rotunda y firme, y entonces parece
que en lo que uno se entretiene es en seleccionar la menos mala, o la
que mejor sepa aparentar que es la buena aunque sea falsa.
Es un
asunto complicado porque hay muchas personas que no hacen un buen uso en
esto de preguntar-responder, y se equivocan continuamente y confunden
pensar con reflexionar. Y no me refiero a su definición de diccionario,
que es similar, sino al concepto diferencial entre ambos que, en mi
opinión, existe.
Yo quiero diferenciarlo porque veo que el concepto general –aunque no se hable de ello- es distinto para ambas cosas.
Cuando se piensa en algo, casi nunca está uno pendiente del
pensamiento, atento al cien por cien y dirigiéndolo, sino que es como un
encargo que se le hace a la mente para que ella se ocupe de resolverlo
y, al final, uno se queda con lo que la mente le ha expuesto sin
cuestionarse si realmente es SU pensamiento o es el pensamiento de la
mente. Que no es lo mismo.
Cuando se reflexiona es distinto, ya
que en ese caso uno está pendiente y atento a la dirección que toman los
pensamientos. Uno es consciente de lo que está elaborando con la mente
porque la dirige –y hay que recordar que la mente es un instrumento a
nuestro servicio y no un ente autónomo que nos impone sus conclusiones-.
Al reflexionar hay introspección, hay profundización en el asunto que
se trata, y más completitud que cuando simplemente se piensa. Se va más
allá. (Y por eso todos mis artículos acaban del mismo modo: Te dejo con
tus reflexiones…)
Hace tiempo que he descubierto que cada
pregunta tiene “su” respuesta, y “su” respuesta no es una cualquiera, ni
es la más aparente, ni la más justificable intelectualmente, ni la que
nos saca pronto del atascadero en que se convierten muchas preguntas,
sino que es “su” respuesta.
¿Y cómo se sabe cuándo uno ha llegado a “su” respuesta?
Es cuestión de experiencia, y de confianza, pero se empieza con la
intuición. Uno siente en alguna parte que ya se han encontrado, se han
compenetrado, se han hecho una sola cosa –ya son la unidad- dejando de
ser el binomio pregunta y respuesta.
He comprobado que hay muchas
personas que le dan excesivos rodeos, que pierden el tiempo, que a cada
momento acrecientan su confusión, y, lo que es peor, pierden la
objetividad o pierden la frescura de la intuición.
Cuando se busca una respuesta, es conveniente tener y respetar una premisa en esa búsqueda: La utilidad.
Las preguntas se hacen por la utilidad que tienen que aportar las respuestas.
Se trata de encontrar la respuesta más llana y veraz del modo más directo o más simple.
Se trata de ser consciente –o sea, reflexionar- para evitar que nuestro
inconsciente nos juegue una mala pasada influenciándonos con los
miedos, complejos, mandatos, traumas, inseguridades y deseducación que
todos –Sí, todos- cargamos en nuestro inconsciente.
Se trata de
que el Yo Adulto Consciente esté presente durante todo el tiempo de
reflexión, que actúe del mejor modo pertinente, que vea las cosas tal y
como son en el presente, con objetividad, con esmero, y con cariño, para
acercarse a la perfección.
Teniendo en cuenta que durante toda
la vida que nos quede por vivir vamos a tener que seguir pensando o
reflexionando, conviene tener claro el asunto de cómo actúan ambos, y
cómo quiere uno actuar, porque hacerlo bien nos acercará mucho a los
aciertos y a la paz.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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