“No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados”. (Lucas 6, 37)
“¿Quién eres tú para juzgar a tu prójimo?”. (Santiago 4,12)
En mi opinión, nos equivocamos mucho y muy a menudo cuando se trata de juzgar a los otros.
Aunque partimos del conocimiento de que no se debe juzgar a los demás… y
menos aún cuando solamente disponemos de un elemento de juicio o de
poca información –que además puede ser sesgada por corresponder a un
momento puntual y extraordinario… y menos aún cuando lo hacemos desde la
forma de ver que nos proporcionan nuestras circunstancias y
experiencias –que nunca coinciden con las de los otros-… y menos aún
cuando nos estamos arrogando la capacidad de ser infalibles -que no lo
somos-… en multitud de ocasiones acabamos cayendo en la trampa que nos
tiende nuestro ego de compararnos con los otros y creernos que estamos
por encima de ellos, y que eso nos da autorización y poder para
juzgarlos.
Se juzga al otro porque no piensa o actúa igual que lo
hace uno mismo, y admitir que sus pensamientos o sus actos –distintos
de los míos- pueden ser correctos, es reconocer que soy yo el que está
equivocado.
Para poder juzgar a una persona con acierto es
necesario ponerse en su piel o meterse en sus zapatos –como se dice
habitualmente-, porque es imposible hacerlo con justicia si uno lo hace
desde la propia tribuna.
El otro es el otro. Y este razonamiento tan básico, tan escueto, si se comprende bien, es la respuesta perfecta.
El otro no es yo, así que tiene otros puntos de vista, ha pasado por
otras circunstancias, ha tenido una educación distinta, su entorno es
otro, sus creencias y principios difieren de los míos, su escala de
valores está diseñada de un modo diferente a la que yo diseñé para mí,
sus creencias y motivaciones son distintas, sus objetivos y su ánimo es
otro, así que con tantas disimilitudes es normal que su actuación no sea
igual que la que uno mismo hubiera hecho.
Dicho de otro modo, y
esto es muy importante, si yo hubiera estado en su situación, estuviera
marcado por sus mismas circunstancias, pensara del modo que lo hace él,
hubiera recibido su misma educación, creyera lo que cree él, tuviera su
mismo cerebro y su modo de actuar, HUBIERA HECHO EXACTAMENTE LO MISMO
QUE HIZO ÉL.
Y nadie –repito: nadie- tiene derecho a juzgar a
otro. Si acaso, lo que uno puede hacer es tener una opinión del otro, o
reflexionar acerca de él pero sin emitir juicios, pero siempre evitando
la arrogancia de sentirse superior porque entonces uno se atribuye la
capacidad de hacer las cosas mejor que los otros, cosa que no siempre es
cierta.
Es muy enriquecedor para el Ser Humano no juzgar y no juzgarse.
Está bien observar y darse cuenta, está bien tener una opinión, está
bien el desacuerdo con los otros, lo que no está tan bien es dictaminar,
sentenciar, criticar, censurar, despreciar… y aún menos, condenar y
castigar. No tenemos ningún derecho a hacerlo.
El respeto a los otros implica tolerancia, lo que no quiere decir aceptación o estar de acuerdo.
Lo mismo que exigimos para nosotros respeto a nuestras ideas y
pensamientos, a nuestras actuaciones y decisiones, tenemos que hacer
para con los otros.
No juzgar, además, proporciona relajamiento
emocional al evitarnos ese barullo que se forma en nuestro interior
cuando permitimos que ese protestón tan crítico que todos llevamos
dentro, o ese juez demasiado intransigente, se pongan a la tarea de
elucubrar pensamientos que llevan a una cierta inquietud, y todo por
algo que no nos corresponde, que es juzgar a los otros.
Y,
atención, porque un juicio a los otros debería conllevar un juicio a uno
mismo, y es posible que si se usa la misma rigidez que se les aplica a
los otros, uno no salga muy bien parado.
No somos perfectos, ni los otros ni uno mismo.
Te dejo con tus reflexiones…
“Oír o leer sin reflexionar es una tarea inútil”. (Confucio)
Francisco de Sales
No hay comentarios:
Publicar un comentario