En mi opinión, hay una situación
que se convierte en ingobernable, que afecta gravemente dejándole a uno
sin alma, perdido, desconcertado… y es cuando el vacío se instala.
A veces, más veces de las deseadas, un vacío acaparador, insaciable e
insondable, se instala sin pedir permiso, sin esperar consentimiento o
desaprobación, y se instala con aire de perpetuidad, pretendiendo
suplantar a la persona y mandar en ella, y manejar a su antojo el
destino.
No se le quiere, como es lo lógico, pero no deja de
irrespetar y asola los estados de ánimo dejando una sensación
inquietante que no encuentra consuelo por ninguna parte, porque no hay
consuelo para quien se siente atrapado por ese vacío.
No hay nada
que le rescate a uno de ese penar-pesar, porque una zozobra cruel e
implacable controla cada intento de dar un paso, cada uno de los
pensamientos, cada respiración.
Son momentos teñidos de tragedia
porque la luz no llega, la esperanza aparece desesperanzada y funesta, y
lo que nos podía animar no se encuentra con ánimos de hacerlo.
Nada satisface y nada consuela esa desazón indescifrable en la que el propio vacío no permite ver nada más allá del vacío.
“La vida carece de sentido”. Ese es el sentimiento que se percibe,
aunque la percepción está equivocada. Todo es penar y tragedia, todo
descorazonador, todo lamentable.
Quien haya vivido esa experiencia sabrá que sólo se describe con palabras cargadas de tragedia o con el silencio más penoso.
Cualquier cosa optimista, cualquier luz, quedan asoladas y no pueden llegar a manifestarse.
Para salir de ese estado hay diferentes opciones entre las cuales cada
uno ha de seleccionar la que mejor se adapte a su caso concreto o a su
personalidad.
La primera puede ser acudir a un psicólogo o
psiquiatra y pedirle ayuda. Hace tiempo, eso de ir a uno de esos
profesionales era reconocer que se estaba loco. Hoy se ve con
naturalidad y no hay que tener reparo en acudir a ellos.
Es
interesante que uno trate de averiguar por su cuenta el origen de ese
estado. No es lo mismo si se debe a asuntos materiales que si tiene su
base en asuntos del alma o espirituales.
Y en este caso la
sinceridad ha de ser absoluta e insobornable. Hay que estar dispuesto a
admitir la realidad, sea la que sea. Escribo esto porque hay personas
que no quieren reconocer la respuesta o situación real cuando no es de
su agrado.
En muchas ocasiones ese estado no tiene un motivo real
para manifestarse, sino que es resultado de una sensación que no tiene
justificación ni base razonada, o es una insatisfacción fruto de planes o
proyectos del todo irrealizables –cosas que no se han cumplido o
realizado porque eran imposibles-.
En otras ocasiones ese estado
se debe a la no aceptación de algún asunto. Uno, inconscientemente, se
aferra a una pataleta infantil en la que llega a somatizar sus
“problemas” –reales o imaginarios- y eso le lleva a la visión pesimista
en que todo le parece un vacío, un sinsentido, todo es insustancial… y
nada puede consolar a quien no quiere ser consolado.
Ante ese
vacío, las preguntas que uno tiende a eludir pueden dar con la clave.
¿Qué es lo que REALMENTE siento? Y a ese vacío hay que buscarle su
nombre verdadero, aunque ese nombre no guste y se rechace, aunque no se
quiera reconocer y aceptar.
¿Por qué estoy dolido?
¿Qué es lo que no quiero aceptar?
¿Por qué me castigo con este vacío?
¿Qué o quién dentro de mí me boicotea y me impide llenarlo o deshacerme de él?
A éstas se han de añadir más preguntas, cada uno las suyas propias.
Y una sugerencia: no te conformes con una respuesta del estilo de “no
lo sé”. Esa es la respuesta de los que no quieren reconocer algo, o los
que no quieren implicarse realmente y prefieren quedar como “tontos” con
un “no lo sé” en vez de insistir en la pregunta hasta que se encuentre
con su respuesta.
Cuando el vacío se instala es una invitación,
personal e intransferible, a conocer su origen para conocerse a uno
mismo. Siempre, si se afronta, sale uno engrandecido.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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