La persona que tienes delante es, en esencia, como tú. Ella también llora, aunque lo haga en privado. También lleva a cuestas algunas (quizá bastantes) heridas, aunque su piel se muestre limpia y esbelta. También sabe lo que es el fracaso, y la soledad, y el desamor... Sí, puede que en menor medida. O puede que en mayor. Pero puedes estar seguro de que no es una persona sin sentimientos, sin vivencias, sin bagaje emocional, sin corazón.
Ella, al igual que tú, está condicionada por sus creencias, por el modo en que fue educada, por la memoria transgeneracional de sus ancestros y por el plan de vida que eligió antes de encarnar. De modo que, antes de vaciar sobre ella tu mochila de expectativas, necesidades y vacíos interiores, pregúntate en qué momento evolutivo de su existencia se encuentra. Después, mira hacia ti: ¿qué es lo que quieres de la otra persona? ¿Qué es lo que realmente deseas? ¿Estás predispuesto a juzgarla de inmediato si no se amolda a tus expectativas?... Reflexiona sobre estas tres preguntas. Si no liberas a la otra persona de los juicios, temores y exigencias que merodean por tu mente a cada instante, nunca podrás conocerla en profundidad. Nunca podrá surgir una auténtica relación. La máscara duplicará su grosor y apenas te dejará ver el rostro humano que se halla detrás.
El verdadero amor (entendido como relación profunda y sincera, no necesariamente de pareja) solo surge donde hay espacio para expresarse, donde las exigencias quedan a un lado, donde la otra persona y yo somos iguales y las expectativas desaparecen. Cuando se vibra en amor, no hay amenazas, ni advertencias, ni merecimientos, ni obligaciones... Solo dos personas que comparten. Que se comparten. Que comprenden sus estados emocionales. Que abrazan lo que ven en el otro. Y que, ante todo, se respetan.
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