jueves, 15 de junio de 2023

TRAEN LUZ AL MUNDO Y A SUS VIDAS (Por Adaiah Aduarte)

 

Los que creen en sus sueños y luego los crean, porque los sueños siempre vienen de Dios y están hechos a nuestra medida, para que los podamos cumplir.
Los que aprenden con humildad de los que saben más que ellos, y con la misma humildad enseñan después a los que saben menos.
Los que se alegran por los éxitos del otro. Esos mismos éxitos les serán dados a ellos; en cambio, los que envidian nunca tendrán eso que envidian.
Los que saben que la clave de la felicidad está dentro de uno, no fuera, y que la hallamos recorriendo el Camino de en Medio, que marca el equilibrio de los polos duales, haciendo que nos volvamos dueños de nosotros mismos y de la vida.
Los que viven desde la consciencia del Ser, que es la consciencia de la unidad, que nos hace tocar lo eterno y volvernos como Dios.
Los que hablan poco, pero dicen mucho.
Los que saben que el nivel de consciencia de una persona se mide en función de su altruismo.
Los que construyen la paz, sin dejarse intimidar por la guerra.
Los que cosen corazones rotos aún cuando el suyo está hecho trizas.
Los que saben que la paciencia es la ciencia de la paz interior, maestra del alma sin la cual nada es posible.
Los que promueven la cooperación y la tolerancia, que son las claves de la paz y de la evolución; en cambio, la competición es la semilla de la guerra.
Los que saben que, para que el amor se vuelva poderoso y el poder se vuelva amoroso, tienen que honrar y unir su masculino y femenino interiores, y lo mismo hacer en lo exterior, que es el espejo de lo interior.
Los que no generalizan, porque eso es pereza mental, ceguera álmica e incomprensión de una de las grandes verdades de la vida, que es que todos somos únicos, irrepetibles y divinos, sin importar el grupo étnico, religioso, racial, cultural o de cualquier otro tipo al que pertenezcamos.
Los que saben que nunca estamos solos ni abandonados mientras el hálito de Dios nos arropa.
Los que hacen caridad lejos de la luz de las pasarelas y a los que nunca podrán devolverles nada, porque su mayor recompensa es ayudar al otro, o la mirada agradecida de un animal abandonado y hambriento.
Los que caen, pero luego se levantan, conscientes de que la roca no está puesta en nuestro camino para vencernos, sino para ver algo que, sin habernos caído, no lo habríamos visto.
Los que cada mañana se despiertan con esperanza y entusiasmo, que son manifestaciones de la confianza en el amor divino.
Los que saben que, cuando te preocupas por los problemas del otro, Dios te quita a ti esos mismos problemas.
Amando al otro te amas te amas a ti mismo.
Matando al otro te matas a ti mismo.
Ayudando al otro te ayudas a ti mismo.
Hiriendo al otro te hieres a ti mismo.
A ti mismo y a Dios, en todos los casos.
Ama al otro como a ti mismo: este es el misterio más grande que nos legaron todos los santos de todos los tiempos. Es la clave de la iluminación, de la redención del mundo, de la vuelta al Edén, nuestro origen y, también, nuestro destino final. No hay nada que nos acerque más a Dios, a esa parte luminosa que hay en nosotros, que el amor altruista.

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