A ti, que lloraste en voz baja.
Que no hiciste un circo para llamar la atención mientras la herida te
fulminaba por dentro. Que callaste cuando el dolor te pedía gritar.
A ti, que no supieron ver lo que llorabas a escondidas. En el baño. Al
apagar la luz. En tus largos paseos. Que se atrevieron a cuestionar tu
amor por tratar de seguir adelante sin negar una sonrisa. Que te
acusaron de no haber querido por no lamentarte a los cuatro vientos. En cada esquina o red social.
A ti, que mantuviste el tipo a pesar de no recibir jamás dos palabras que te pertenecían: perdón, gracias.
A ti, que preferiste el silencio y la gratitud antes que reclamar
justicia en una causa perdida. Que no usaste las astillas clavadas en tu
alma para acabar con la otra alma. Que no renunciaste al pasado
compartido solo porque la historia terminara.
A ti, que llevaste el pecho roto con dignidad. Que dejaste ir. Que te dejaste matar sin protestar.
A ti, y solo a ti, te dedico estas palabras: cada vez que te sentiste
solo, yo estaba allí. Y él. Y ella. Y todas las personas buenas que
aprendieron algún día que, aunque duela, vale más no abrir la boca que
destrozarlo todo para cerrar una herida.
No permitas que la
ausencia de recompensa te haga dudar jamás, pues no existe mayor premio
que saber que —bajo lluvia o tempestad— nada alterará la paz de quien,
pudiendo dejarse ir, decide hacer lo correcto.
Querido amigo/a, abrazo la nobleza de tu corazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario