miércoles, 24 de julio de 2024

AYUDA MUTUA (Por Viviana Clara)

 

 En una zona montañosa, por una región desértica, dos viejos amigos caminaban, ambos enfermos, defendiéndose cada uno lo más posible de los golpes del aire helado, cuando fueron sorprendidos por un niño al borde de la muerte, en la carretera, al sabor del viento fuerte de invierno. Uno de ellos advirtió el singular hallazgo y exclamó irritado: No perderé tiempo. El momento exige cuidar de mí mismo. Sigamos adelante. El otro, sin embargo, más piadoso, consideró: Amigo, salvemos al pequeño. Él es nuestro hermano en humanidad. No puedo - dijo el compañero, endurecido -, me siento cansado y enfermo. Este desconocido sería un peso insoportable. Tenemos frío y tormenta. Necesitamos llegar a la aldea cercana sin perder minutos. Y avanzó a grandes pasos. El bondadoso viajero, sin embargo, se inclinó hacia el niño tendido, se demoró unos minutos colocándolo paternalmente contra su propio pecho y, abrigándolo continúo caminando, aunque con menor rapidez. La lluvia helada cayó, metódica, durante toda la noche, pero él, soportando la valiosa carga, después de mucho tiempo llegó a la posada del pueblo que buscaba. Pero, para su gran sorpresa, no encontró al colega que se había adelantado. Sólo al día siguiente, después de una minuciosa búsqueda, el desafortunado viajero fue encontrado sin vida, en una zanja junto al camino inundado. Continuando a toda prisa y solo, con la idea egoísta de preservarse, no pudo resistir la ola de frío que se había vuelto violenta y cayó, encharcado, sin recursos con los que hacer frente al congelamiento. Mientras que el compañero, recibiendo a cambio el suave calor del niño que sustentaba junto del propio corazón, superó los obstáculos de la gélida noche, salvándose de semejante desastre. Había descubierto la sublimidad de la ayuda mutua... Al ayudar al niño abandonado, se había ayudado a sí mismo. Avanzando con sacrificio para ser útil a otro, logró superar los obstáculos del camino, alcanzando las bendiciones de la salvación recíproca. * * * Los testimonios más elocuentes y certeros de un hombre ante el Padre Supremo son sus propias obras. Aquellos a quienes amparamos constituyen nuestro apoyo. El corazón que amparamos se convertirá ahora o más tarde en un recurso a nuestro favor. Nadie dude. Un hombre solo es simplemente un adorno vivo de la soledad, pero el que coopera en beneficio del prójimo es acreedor del auxilio común. Ayudando, seremos ayudados. Dando, recibiremos: esta es la Ley Divina.
Redacción de Momento Espírita, basada en el cap. 16 del libro Jesús en el hogar, por el Espíritu Neio Lúcio, psicografía de Francisco Cândido Xavier

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