En
una zona montañosa, por una región desértica, dos viejos amigos
caminaban, ambos enfermos, defendiéndose cada uno lo más posible de los
golpes del aire helado, cuando fueron sorprendidos por un niño al borde
de la muerte, en la carretera, al sabor del viento fuerte de invierno.
Uno de ellos advirtió el singular hallazgo y exclamó irritado: No
perderé tiempo. El momento exige cuidar de mí mismo. Sigamos adelante.
El otro, sin embargo, más piadoso, consideró: Amigo, salvemos al
pequeño. Él es nuestro hermano en humanidad. No puedo - dijo el
compañero, endurecido -, me siento cansado y enfermo. Este desconocido
sería un peso insoportable. Tenemos frío y tormenta. Necesitamos llegar a
la aldea cercana sin perder minutos. Y avanzó a grandes pasos. El
bondadoso viajero, sin embargo, se inclinó hacia el niño tendido, se
demoró unos minutos colocándolo paternalmente contra su propio pecho y,
abrigándolo continúo caminando, aunque con menor rapidez. La lluvia
helada cayó, metódica, durante toda la noche, pero él, soportando la
valiosa carga, después de mucho tiempo llegó a la posada del pueblo que
buscaba. Pero, para su gran sorpresa, no encontró al colega que se había
adelantado. Sólo al día siguiente, después de una minuciosa búsqueda,
el desafortunado viajero fue encontrado sin vida, en una zanja junto al
camino inundado. Continuando a toda prisa y solo, con la idea egoísta de
preservarse, no pudo resistir la ola de frío que se había vuelto
violenta y cayó, encharcado, sin recursos con los que hacer frente al
congelamiento. Mientras que el compañero, recibiendo a cambio el suave
calor del niño que sustentaba junto del propio corazón, superó los
obstáculos de la gélida noche, salvándose de semejante desastre. Había
descubierto la sublimidad de la ayuda mutua... Al ayudar al niño
abandonado, se había ayudado a sí mismo. Avanzando con sacrificio para
ser útil a otro, logró superar los obstáculos del camino, alcanzando las
bendiciones de la salvación recíproca. * * * Los testimonios más
elocuentes y certeros de un hombre ante el Padre Supremo son sus propias
obras. Aquellos a quienes amparamos constituyen nuestro apoyo. El
corazón que amparamos se convertirá ahora o más tarde en un recurso a
nuestro favor. Nadie dude. Un hombre solo es simplemente un adorno vivo
de la soledad, pero el que coopera en beneficio del prójimo es acreedor
del auxilio común. Ayudando, seremos ayudados. Dando, recibiremos: esta
es la Ley Divina.
Redacción
de Momento Espírita, basada en el cap. 16 del libro Jesús en el hogar,
por el Espíritu Neio Lúcio, psicografía de Francisco Cândido Xavier
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