Más allá de la muerte, la existencia reclama continuidad.
Nos mirase, entonces, el espíritu en las obras que efectuamos, espejos que nos reflejan.
La
memoria vigorizante brilla a servicio de la consciencia, imponiéndonos
la suma de los efectos felices o infelices de los actos que hicimos.
Sin
posibilidad más amplia de comunión segura con la retaguardia, todos los
males practicados se erigen, de ese modo, como fardos de sombra
doblándonos los hombros desfallecientes. Es ahí que la injusticia y la
crueldad nacidas de nuestras manos retoman el paso, a manera de
fantasmas obsesivos.
Recapitulamos,
inquietos, todas las fases de nuestros errores deliberados, en los
cuales el hermano del camino nos hizo padecer la intromisión y la
exigencia…
Todas las obras perjudiciales por nuestra deserción o pereza resurgen, junto a nosotros, pidiendo ajustes.
Uniones
dignas, deshechas por nuestra incuria; hijos a quienes ocultamos los
patrimonios de nuestra dedicación constructiva; tareas edificantes
relegadas al olvido; propiedades adquiridas en base del hurto hábil o
patrimonios impropiamente acumulados en nuestra ficha, lanzan sobre
nosotros azotes mentales, a través del recuerdo vivo, exigiéndonos la
necesaria reparación.
Mientras
te encuentras al sol en peregrinación terrena, atiende con fervor a los
deberes y encargos que el Señor te entregó, en los caminos del mundo,
porque la muerte mañana te trazará balance y solamente a través del bien
constante conseguirás responder con valor a las indagaciones de la
vida, a fin de que prosigas, sin cautiverio al remordimiento, edificando
la propia liberación.
Joya
No hay comentarios:
Publicar un comentario