Esto quiere decir que el título de esta entrada no es una afirmación, es una frase que expresa un error muy extendido en nuestra sociedad, en el que a las personas se le atribuye un valor según la cuantía de sus posesiones terrenales.
Como personas merecen todo el respeto, porque se trata de Seres que están pasando por las difíciles pruebas de las riquezas materiales, y estas pruebas son de las más difíciles de superar, y también es cierto que todos, o hemos pasado por ellas, o tenemos que pasar, porque son asignaturas esenciales de la escuela de la vida, son las experiencias que nos permiten reconocer los verdaderos valores, más allá del momento o las circunstancias coyunturales, por eso en vez de malquerer u odiar a estas personas, es mas justo el apiadarse de ellas, porque sus actuaciones les conducirán a mundos y situaciones de penurias, martirios sufrimientos y dolor, según el nivel de sus maldades y daños ocasionados al mundo y sus criaturas.
Resulta muy difícil el hacer una valoración precisa y justa de una persona, entre otras cosas, porque nadie la conoce de forma integral, podemos conocer algunos de sus aspectos o realidades externas, pero de su mundo interno poco o casi nada sabemos, porque apenas conocemos ni el nuestro, por eso lo improcedente de las comparaciones entre personas, lo improcedente de asignarle un valor a alguien, por los comentarios que hemos oído, o por una simple apreciación de su actuar, y mucho menos por tenencias materiales, ya sea en dinero, propiedades, poder, etc.
Yo he conocido a muchas personas muy adineradas o ricas como se les suele llamar, y algunas de ellas eran de lo más detestables y miserables, sus valores humanos y personales, eran mínimos, esto quiere decir que la valía de una persona no depende de su fortuna ni de su pobreza, depende de la grandeza de su corazón y de su alma y espíritu, de su capacidad para crear bien y armonía a su paso por cualquier sitio o situación, de la capacidad de amar de forma incondicional sin distinción ni discriminación, de la capacidad de comprender y sentirse integrado con el todo, de la capacidad de hacer de cada momento, sea cual sea la circunstancia, una obra de arte, o el mayor bien común que sus capacidades le permitan, de la capacidad de alegrarse y disfrutar por el bien ajeno, de sentirse un eslabón de la cadena de la humanidad, de sentir hermandad por el resto de formas de Vida, de sentirse como un átomo perteneciente al Universo, y de sentir que el Universo en su esencia está dentro de ese átomo.
Yo, según lo que pienso, siento, y soy, al día de hoy
y el momento presente, afirmo que la valía de una persona, guarda relación con
las virtudes y capacidades que acabo de exponer, y muchas otras por el estilo,
y bajo ningún concepto aceptable, por valores materiales de este mundo, y que
en él quedarán cuando hagamos el viaje de retorno a “casa”. Quedan muchas cosas
por decir, pero por hoy lo dejo, saludos.
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