En mi opinión, muchas de las cosas importantes de la vida se nos
escapan sin vivirlas, y a muchas de las cuestiones importantes de la
vida no les dedicamos la atención que se merecen.
Lo que es
evidente, en muchas ocasiones nos pasa desapercibido y por ello no somos
capaces de modificar algunos aspectos de nuestra conciencia que serían
distintos si nos diésemos cuenta de algunas cosas.
Conviene -por
lo menos de vez en cuando-, hacerse alguna de esas grandes preguntas y
esperar las respuestas, y conviene asombrarse al mirar los asuntos de un
modo nuevo y verlos como antes no se nos hubiera ocurrido notarlos.
Por ejemplo, cuando pensamos en nosotros, nos quedamos en eso que sí
controlamos mentalmente porque lo podemos ver y le llamamos cuerpo, pero
hay más cosas: alma, espíritu, energía, intuición, mente, sentimientos,
divinidad, virtudes... todo eso existe -o creemos o sentimos que
existe- y eso también forma parte de la misma unidad que somos, que
comparte lo tangible y lo invisible.
Así que… ¿Existe lo que no
vemos?, ¿Existe lo que no tiene una ubicación que se haya podido
constatar y marcar en un sitio concreto?
Son preguntas que van mucho más allá de una especulación intelectualoide. Tienen trasfondo y trascendencia.
Es más, son imprescindibles para la evolución personal y espiritual de
cada persona. Una vida sin hacerse las grandes preguntas es una vida
incompleta.
¿Cómo pueden existir cosas que realmente son
indefinibles, que no sabemos ni podemos ubicar, que no tienen cuerpo o
existencia física?
¿Existe el alma?, ¿Existe la intuición?, ¿Y la divinidad en cada uno de nosotros?
Parece ser que sí existen. Incluso algunos científicos han hablado de
ello confirmándolo, y casi todos los filósofos coinciden en afirmar que,
además, es necesario que existan.
Para verificarlo personalmente
es necesario sentirlo –la fe ayuda en estos casos-, o vivir una
experiencia especial que se base en un hecho racionalmente
“inexplicable”, o sentir “algo” que toque las fibras que no están
conectadas con lo estrictamente mental y se sienten de un modo
extra-ordinario –o sea, fuera de lo ordinario-.
Llegar a eso mismo por las explicaciones racionales es más complicado.
Aquí sí que son necesarios los presentimientos, los instintos, tal vez
las memorias ancestrales, una cierta clarividencia, o una creencia que
no admita dudas.
Podemos afirmar con casi total seguridad que
existe todas estas cosas ya relacionadas y otras más: alma, espíritu,
energía, intuición, mente, sentimientos, la divinidad…pero no nos sirven
de nada sin la vivencia personal de ellas, sin que las podamos
experimentar, así que conviene no creer en ellas “porque sí” sin
sentirlas, y conviene aún más estar atento a las propias percepciones, a
esas creencias firmes –aunque no estén razonadas- en cada una de esas
cosas, desde las más evidentes a las menos notables, y que no
pertenezcan a un mundo inalcanzable sino que sean una fuente de
sabiduría y de confianza en ese “algo más”.
La razón, en estos
asuntos se convierte en una mala aliada, porque con su colaboración lo
único que conseguimos es complicarnos más. Ella acepta el cuerpo, su
propia capacidad de pensar –la razón que razona- y poco más.
Todo lo demás es intuitivo, es sentible, es emocional… no es mental.
Sí existen. Están ahí. Para contactar con ello solamente es necesario
escapar de la mente -o quitar las prohibiciones mentales- y relajarse,
dejarse ir sin miedo y sin necesidad de ataduras, contactar con esa
parte que también somos nosotros -y que situamos generalmente en el
interior o en el Cielo-, y empezar a estar reintegrados con lo
espiritual, lo invisible, el mundo de los sentimientos, y lo que nos es
desconocido por estar inexplorado.
Es muy recomendable.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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