En mi opinión, el
sufrimiento es uno de esos asuntos que no sabemos manejar con soltura,
que no sabemos entender correctamente, y más bien estamos acostumbrados a
padecerlo que a llegar un poco más allá de su cara amarga y ver, y
aprovechar, lo que realmente hay detrás de él.
El sufrimiento es
necesario en algunas ocasiones para tomar contacto con los sentimientos
reales –porque hay una gran parte de realidad detrás de ese
sentimiento-, pero es algo que debe tener una limitación en el tiempo, y
ha de ser positivo en el sentido de que siempre hay algo que podemos
aprender, y que conviene aprenderlo pronto... para dejarlo ir también
pronto.
El sufrimiento, para que solamente sea positivo, ha de
tener, obligatoriamente, una duración limitada en el tiempo. No se debe
alargar artificialmente porque eso puede convertirnos en atormentados
perpetuos, en sufridores sempiternos, en unos “desgraciados” sin escape.
Podemos caer fácilmente en una rendición al victimismo que
puede acabar convirtiéndose en una desafortunada y prejudicial zona de
confort –donde uno puede llegar a sentirse a gusto en su desgracia-,
pero zona de confort a fin de cuentas para quien no sabe claramente que
el padecimiento innecesario es un enemigo.
Y ese no es el sentido
del sufrimiento, que no es más que ser un toque de atención, una
llamada al cuidado personal, a la atención a la tarea de aprender de
aquellas cosas que nos disgustan, de las que hay que conocer la razón y
el origen para remediarlo y de ese modo impedir que se siga repitiendo.
Uno se puede permitir sentir el sufrimiento sólo en la parte
correspondiente a la enseñanza que contiene, a lo que pone ante nuestra
vista de un modo descarnado para que sea innegable, pero más allá de eso
su inutilidad y su perjuicio está reiteradamente demostrado.
Sufrir es el producto o la reacción de sentir un daño moral.
Las preguntas que uno puede hacerse ante el sufrimiento son varias, y
han de ser personales y personalizadas, ya que cada uno se conoce -o
debiera conocerse- y por tanto sabe -o debiera saber- cuáles son sus
debilidades, los asuntos en los que permite que sea el ego y no él mismo
quien responde y quien se preocupa, las facetas que necesitan un
mejoramiento, cuáles son sus insatisfacciones consigo mismo, y hasta el
por qué –y el para qué- de las cosas que le afectan y alteran.
Ante los asuntos que provocan sufrimiento se requiere objetividad,
porque una vez que uno se sobrepone a la reacción naturalmente humana
ante aquello que hace sufrir, el siguiente paso es tomar conciencia de
la reacción personal emitida para averiguar el origen de esa emoción o
sentimiento manifestado.
Detrás de la mayoría de sufrimientos
existe una reacción incontrolada que posiblemente esté desactualizada,
una reacción ridícula, o una reacción desproporcionada que si se mira
con objetividad lo que manifiesta es un miedo infantil o es la soberbia
de un ego herido.
Ante cada motivo de sufrimiento conviene
pararse, revisarlo y revisarse, reflexionar, identificar la actitud
personal ante ello, decidir si se está de acuerdo y parece adecuada o si
conviene modificarla… y entonces tomar decisiones.
Aunque el
sufrimiento se produce de un modo automático –es una especie de reacción
ante una situación-, se puede educar al inconsciente para que tras la
explosión emocional inicial y espontánea, se tenga preparada la acción
siguiente, que será la que se tome libre y conscientemente y se le
comunique al inconsciente, para que en la próxima ocasión similar sepa
cuál es el siguiente paso.
Conviene ser cuidadoso con uno mismo, y
evitarse todo aquello que sólo es doloroso, frustrante, traumático, y
extraer a la mayor brevedad posible la mayor información posible… para
dejarlo partir. Sin insistir en alargar la relación innecesariamente.
La utilidad del sufrimiento acaba en cuanto uno se da cuenta y
comprende, así que conviene prestarle atención, preguntarle, observarse,
ver lo que haya que ver… y poner en su lugar sabiduría y comprensión.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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