sábado, 26 de abril de 2025

PUBLICACIÓN DE: Laura Jeannette Higuera)

 

Cuando idealizamos a alguien, lo hacemos porque proyectamos en él o ella las imágenes internas que forman parte de nuestro inconsciente, en especial el arquetipo del Ánima o el Ánimus. Estas figuras internas representan los aspectos femeninos y masculinos de nuestra psique que no hemos integrado completamente. Así, la mente busca en el otro aquello que siente que le falta, aquello que anhela, aquello que no cree poseer dentro de sí misma. Esta proyección convierte al otro en un recipiente de nuestras fantasías, deseos y aspiraciones inconscientes.
Sin embargo, este proceso no es amor verdadero: es una ilusión, una relación con una imagen interna reflejada en el otro. Es por eso que, cuando alguien genuino llega a nuestra vida —alguien que realmente nos ve, nos acepta y nos ama en nuestra imperfección y humanidad—, muchas veces no podemos vincularnos con esa persona. Nos resulta desconcertante, incluso perturbador, porque no encaja con la narrativa que hemos construido en nuestra mente. El otro real no puede competir con el ideal proyectado. Y aquí radica el conflicto: la mente rechaza lo real porque lo real exige que enfrentemos nuestras propias sombras.
El rechazo hacia quien nos ama tal como somos proviene de la resistencia del ego. El ego se aferra a sus proyecciones porque estas le permiten evitar el dolor de la confrontación interna. Amar de verdad, en el sentido más profundo, significa destruir las ilusiones, despojarse de los idealismos y aceptar al otro y a uno mismo con todas las luces y sombras. Pero esto es aterrador, porque nos enfrenta a las partes de nosotros que hemos negado: nuestra vulnerabilidad, nuestro miedo al rechazo, nuestras imperfecciones. Paradójicamente, lo que más deseamos —el amor auténtico— es también lo que más tememos..

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