Cuando
alguien se vive en profundidad, comprende que todo es gracia; esa
comprensión se transforma en gratitud y se manifiesta en gratuidad.
Quien sabe que todo lo ha recibido gratis, deja que todo fluya a través
de él.
Esto
no significa demonizar el dinero ni renunciar a una remuneración
adecuada, aunque impide hacer “negocio”, particularmente con todo lo que
tenga que ver con la espiritualidad.
La
vivencia espiritual hace posible vivir la experiencia de estar siendo
recibido y regalado en permanencia. De ahí brotan una actitud y un
comportamiento caracterizados por la desapropiación -en la que insiste
el texto que estoy comentando y que han recalcado todos los maestros y
maestras espirituales-, un rasgo diametralmente opuesto a la pulsión
acaparadora que rige en nuestra cultura.
La
espiritualidad permite pasar del tener al compartir, del poder al
servir, del tener al ser. Y todo ello, no en virtud de un imperativo
ético, sino como fruto de la comprensión.
La
comprensión profunda -otro sinónimo de la espiritualidad- se despliega
en una triple dirección, que puede resumirse en tres palabras: plenitud,
fluir y fraternidad.
Regala
una vivencia de plenitud, porque permite comprender y saborear lo que
realmente somos, más allá del yo en el que temporalmente nos
experimentamos. Somos pura presencia consciente -plenitud de presencia-,
y lo saboreamos en el silencio de la mente. Espiritualidad es
experiencia de plenitud.
A
partir de ahí, comprendemos que la vida fluye a través de nuestra
“forma” o persona concreta. No tenemos la vida ni nos la apropiamos,
sino que permitimos que fluya en nosotros, a la vez que aprendemos y
agradecemos el hecho de vivirnos como cauce, que busca ser cada vez más
limpio y desapropiado. Espiritualidad es vivir diciendo sí a lo que la
vida nos trae.
En
paralelo, la misma comprensión que nos ancla en el centro donde
experimentamos la plenitud nos hace ver que ese centro es compartido con
todos los seres, que la identidad es común. La consecuencia es clara:
todo otro soy yo; más allá de nuestras diferencias, somos lo mismo. Por
tanto, si todo otro es no-otro de mí, la fraternidad constituye una
dimensión constitutiva de lo que somos. Espiritualidad es fraternidad.
Plenitud,
fluir, fraternidad: brotan de la comprensión y vivencia de lo que
somos, implican un proceso de desidentificación del ego y dejan en la
persona un sabor de gratuidad.
EMartínez
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