El 2025 fue un año que nos tocó más hondo de lo imaginado. Puso a prueba nuestra paciencia, nuestra fortaleza y esos rincones del alma que casi nadie ve.
En silencio libramos batallas, escondimos lágrimas y nos mantuvimos de pie aun cuando las fuerzas flaqueaban. Hubo noches pesadas, mañanas vacías y sonrisas que dimos mientras intentábamos reunir nuestros propios pedazos. Aprendimos que la fortaleza no siempre grita; a veces es solo un susurro que dice: respira, sigue adelante.
Este año nos enseñó a soltar lo que desgasta, a proteger nuestra paz y a entender que no todo merece nuestra energía. Que perder algo o a alguien no significa perdernos a nosotros mismos. Descubrimos que sobrevivir requiere valentía, sanar exige paciencia y elegirnos es una necesidad.
Y entonces llegó diciembre, suave, sereno, como una mano sobre el corazón cansado. No vino a borrar el dolor, sino a recordarnos una verdad sencilla: sobreviviste. Sigues aquí. Sigues respirando. Tienes otra oportunidad.
Diciembre trae una luz que no deslumbra, pero calma. Pone paz sobre el caos, calor sobre el cansancio y esperanza sobre nuestras pérdidas. Nos cubre con la suavidad suficiente para descansar, para respirar mejor y para creer que lo que viene puede ser más amable.
Quizás no cure todo, pero nos sostiene lo bastante para recordar que aún no hemos terminado. Que podemos levantarnos despacio, ser fuertes sin dejar de ser sensibles y entrar al nuevo año con un corazón más sabio y la certeza de que, incluso después de los capítulos más duros, siempre hay nuevos comienzos esperando.
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