En mi opinión, saber relativizar, lo
mismo que ser ecuánime, o ser desapasionado, o ser imparcial,
incorruptible, ponderado, razonable, o ser íntegro, son cualidades muy
preciadas cuando se trata de evaluar con claridad las cosas que nos
suceden, los acontecimientos que vivimos, o incluso los sentimientos y
variaciones por los que uno transita.
Hay una tendencia habitual a
clasificar mal los hechos, porque casi siempre se hacen desde un estado
dramático, pesimista, sufriente o afectado, o, por el contrario, se
hacen en momentos de exaltación o euforia, y en todos esos casos falta
el equilibrio necesario para ver las cosas en su exactitud, ya que
cualquiera de los dos estados tiñen la realidad de las cosas.
Todos hemos tenido ocasión de comprobar que más de una vez hemos sido
excesivos al calificar un estado o valorar una situación, y hemos visto
cómo aquello que aparentó ser tan trágico en su momento con el paso del
tiempo fue diluyendo su exageración y fue quedándose en su auténtica
realidad, y ésta no era tan grave ni tan aparatosa.
Algunos hasta
hemos sido capaces de sonreír al recordarnos desquiciados ante algo que
ahora comprobamos que no era tan grave como nos pareció entonces.
El modo de evitar ese mal trago que a veces nos proporcionamos es saber
relativizar (“Introducir en la consideración de un asunto aspectos que
atenúan sus efectos o importancia”), y de ese modo ser capaces de verlo
ya, en el momento en que está sucediendo, en su auténtica dimensión.
Al final acabamos recurriendo a menudo a ese dicho de “Todo tiene
remedio, menos la muerte”, porque vamos comprobando con el paso del
tiempo que las tragedias –casi todas- pierden sus aristas dolientes, se
les diluyen la rabia y el rencor, disminuyen la desgracia, y se quedan
en hechos “más o menos normales”; hechos que, por supuesto, rechazamos
porque van en contra de nuestro deseo de ausencia de conflictos, o
porque nos llegan en un momento que estamos bajos de ánimo.
Relativizar implica desapasionarse de la realidad aparente para poder apreciar la auténtica realidad.
Cuando vemos que le sucede a otro el mismo hecho o uno similar al que
nos sucede a nosotros, podemos tomar dos puntos de observación y opinión
distintos: o menospreciamos lo que le sucede al otro –aunque sea
exactamente lo mismo- y en cambio engordamos lo que nos sucede a
nosotros –que, repito, es exactamente lo mismo-, o puede que -si somos
sensatos- podamos ser capaces de verlo de una forma desapasionada,
porque es al otro al que le sucede y no a nosotros, por tanto no están
implicados y activos esos motivos personales de implicación que
conllevan y aportan algo de confusión.
Me refiero a cuando en un
hecho concreto nos jugamos nuestra economía, nuestra estabilidad
emocional, nuestro bienestar, o nuestro presente y futuro. Cuando le
pasa al otro, LE PASA AL OTRO, por tanto no le afecta a uno mismo.
Hay que partir de tener una buena tolerancia a la frustración, y
aceptar sin drama que las cosas no siempre salen a nuestro gusto, y que
hay otras cosas que no dependen de nosotros y por tanto no podemos
influir en su resultado. De esas otras cosas es mejor no
responsabilizarse y no sentirse culpable, y aún menos regañarse o
enojarse consigo mismo, porque es algo que no depende de sí mismo.
Las cosas son lo que son, y somos nosotros los que le añadimos tragedia
o felicidad. Está bien lo segundo. Lo primero, conviene revisarlo: hay
que ser ecuánime, objetivo, neutral, imparcial… y no hay que dejarse
arrastrar por las emociones o los sentimientos, por el impulso bruto,
por la pasión confusa, o por ese arrebato descontrolado que tantas veces
nos lleva al arrepentimiento.
La vida se lleva mejor con serenidad y reflexión, con una dirección consciente de lo que uno quiere en su vida y para su vida.
Conviene ejercitarse en la tranquilidad ante los hechos que se presenten, seas cuales sean.
Y tener claro que UNO MISMO está, y ha de estar, por encima de los
vaivenes, de las circunstancias, de los “caprichos” del destino, de los
otros y sus actitudes y sus actos, por encima de su propia soberbia y su
cólera, de su propio ímpetu y su mente desbocada.
No estoy
proponiendo anestesiarse, ni anular los sentimientos y las emociones, ni
quedarse impávido ante la vida, ni suicidar la capacidad de
conmovernos, sino que promuevo tener la capacidad de separarse de las
cosas y verlas en su justa medida, y preservarse para que el mundo no se
acabe convirtiendo en un enemigo furibundo e invencible.
VIVIR… se trata de VIVIR y no de sufrir.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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