Si eres hombre, tarde o temprano te enfrentas a una verdad fría y difícil de digerir:
el amor incondicional no está hecho para ti.
Los niños lo reciben sin mérito alguno.
Muchas mujeres lo reciben simplemente por existir.
Incluso los perros son amados sin exigir resultados.
Pero a ti, como hombre, se te ama en función de lo que aportas.
Mientras seas útil.
Mientras resuelvas.
Mientras produzcas.
Mientras proveas.
El día que falles, el día que te debilites, el día que ya no puedas sostener lo que antes sostenías, esa realidad se vuelve evidente. No siempre con palabras, pero sí con actitudes, silencios, distancias y abandono.
Esto no es una queja ni un ataque.
Es una observación cruda de cómo funciona el mundo adulto.
El amor hacia un hombre suele estar condicionado a su valor percibido:
a su fortaleza, a su estabilidad, a su capacidad de proteger, de construir y de responder.
Por eso, el mayor error de un hombre es esperar ser amado solo por ser.
Y el mayor acierto es entender que su verdadero respaldo no está en el afecto ajeno, sino en su disciplina, su carácter y su autosuficiencia.
Cuando comprendes esto, dejas de mendigar validación.
Dejas de vivir para agradar.
Y empiezas a construirte por respeto propio, no por aprobación externa.
No para que te amen.
Sino para no depender de ello.
Porque el amor para un hombre, casi siempre, tiene condiciones.
Y entenderlo no te vuelve frío.
Te vuelve lúcido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario