En mi
opinión, con eso de que tenemos la costumbre de ponerle una etiqueta a
todo para creer que de ese modo lo comprendemos, y dado que para decir
algo tenemos que intelectualizarlo primero, y como además no tenemos
claro si lo que se presenta en nuestra mente es un pensamiento o es un
sentimiento intelectualizado, lo que al final conseguimos es crearnos
una gran confusión y lograr que llegue el momento en que no sepamos
distinguir una cosa de la otra.
Un día tuve un pensamiento:
“CUANDO LOS SENTIMIENTOS PUEDEN DEFINIRSE, DEJAN DE SER SENTIMIENTOS
PARA CONVERTIRSE EN DEFINICIONES”
Así nos pasa a muchos y a menudo.
Los pensamientos debieran ser procesos racionales mentales, asépticos,
que no tuviesen la influencia de los sentimientos ni la de los
condicionamientos ni los prejuicios, pero no es así.
Con eso de
que usamos la mente tanto para los pensamientos como para explicar y
explicarnos los sentimientos, es muy fácil que en la mayoría de los
momentos no sepamos cuál de los dos se está expresando o a cuál nos
referimos.
Los pensamientos pueden ser controlables, pero el mundo de los sentimientos es casi ingobernable.
A algunos de los sentimientos –como a los pensamientos- les añadimos
–de un modo inconscientemente- nuestro pasado y nuestras frustraciones,
nuestros miedos y condicionamientos, con lo que pierden su esencia de
pureza. Me refiero a los "sentimientos" de nuestra mente, que no son los
auténticos.
Los auténticos sentimientos son inexplicables. No hay palabras para definir lo indefinible, y las que usamos los desvirtúan.
A veces, creemos que estamos “sintiendo”, pero en realidad sólo estamos
reaccionando ante un hecho. No es nuestra capacidad de sentir la que se
manifiesta ante el hecho, sino la costumbre o la norma que tiene
preparado nuestro inconsciente ante cada situación similar a otra que
hayamos vivido antes.
Si uno se queda extasiado ante una puesta
de sol y no busca en su memoria otras puestas de sol, y no trata de
pensar “siento paz”, o “qué belleza”, porque está comparándola con otras
puestas de sol o con otros momentos de éxtasis o con otros momentos en
lo que ha tenido una sensación que calificó como paz, entonces vive ese
momento con toda su plenitud.
Si uno permite que cualquier cosa
mental se entrometa en la contemplación, eso le hace perderse la
maravilla del momento, porque uno no está del todo allí: la mente está
interfiriendo, tratando de monopolizar nuestra atención, llevándonos a
otros sitios.
El sol se pone y eso lo ve nuestra emoción,
nuestra sensibilidad, nuestra ternura o pasión, y ninguno de ellos tiene
necesidad de perpetuarse en palabras que lo expliquen.
Los sentimientos son para vivirlos, y no para explicarlos.
Los sentimientos son mudos, y se alojan en el corazón y no en la mente.
Sentir es no obstaculizar el momento, la emoción, el estremecimiento, la aflicción o la alegría, el dolor o el amor.
Pensar es dar una explicación con palabras, y éstas no son universales
cuando se refieren a sentimientos. No es lo mismo el dolor o el amor
para todas las personas del mundo. No todos vemos la maravilla en el
mismo sitio o en la misma cosa. Si yo escribo “tristeza”, o “belleza”,
cada persona lo relaciona inconscientemente con una cosa personal y de
ese modo la palabra pierde su universalidad.
Cuando llegue el
momento en que tengas que sentir algo, hazlo. No permitas que la mente
se entrometa sino que deja que llegue el sentimiento hasta el final, no
intervengas, déjalo estar hasta que se extinga por sí mismo. No lo
alimentes con palabras, con hechos del pasado, con cualquier cosa que
tengas acumulada de experiencias anteriores.
Si tenemos la
capacidad de sentir es por algún motivo; los sentimientos siempre
–siempre- nos están aportando información acerca de nosotros, así que
conviene atenderles y dejarles que nos entreguen su mensaje del único
modo en que saben hacerlo.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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