“Es que es adicto a las papas… no puede dejar de comerlas.”
Y claro que no puede.
Están diseñadas para eso.
Las papas fritas, los cereales de colores, los pastelitos de caja, los refrescos…
No son alimentos.
Son productos ultraprocesados, pensados para que no puedas parar.
No es exageración:
Los fabricantes combinan azúcar, sal y grasas malas en la proporción exacta para que tu cerebro quiera más, más y más.
A eso se le llama punto de felicidad o bliss point.
Y cuando lo encuentran, lo repiten.
Lo estudian. Lo perfeccionan. Lo venden.
Porque no quieren que comas una porción.
Quieren que te acabes la bolsa.
Y que al rato quieras otra.
Esto afecta a todos, pero en los niños… es todavía más fuerte.
Su cerebro es más sensible.
Su capacidad de autocontrol, más débil.
Y su paladar, más moldeable.
Por eso no basta con decir “solo tantito”, “es un premio”, o “por esta vez no pasa nada”.
Porque sí pasa.
Pasa que el cuerpo se inflama.
Pasa que se altera el apetito.
Pasa que se apagan las señales naturales de saciedad.
Y pasa que un niño empieza a depender de la comida para calmarse o animarse.
No es que tu hijo no tenga fuerza de voluntad.
Es que está peleando con un producto que fue creado para vencerlo.
No se trata de prohibir, sino de entender. Porque cuando sabemos cómo actúan estos productos… podemos tomar mejores decisiones por nuestros hijos.
–Susana y su familia
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