Hay momentos en que el pensamiento madura. No porque cambie la esencia, sino porque se profundiza la comprensión. Cuando la mirada deja de estar fija en lo externo y comienza a ordenarse desde dentro, el discurso también se transforma. Y esa transformación no es retroceso; es depuración.
Hay algo que debe quedar claro; cuando te colocas rígidamente en un extremo, dejas de estar en tu centro. En ese instante ya no actúas desde tu propio eje, sino desde una fuerza simbólica que te arrastra.
No es el hecho de tener una postura lo que te descentra.
Es quedar poseído por ella.
Cuando divides la realidad en bandos absolutos ,unos correctos y otros errados, unos despiertos y otros traidores, unos luminosos y otros oscuros, tu mente empieza a operar fragmentando. Clasifica, separa, etiqueta. Y esa fragmentación constante es la verdadera forma de cautiverio interior.
El germen de la división nace en la mente.
La mente separa para entender; esa es su función natural. Pero cuando no está alineada con el eje interno, comienza a separar para defender una identidad. Y entonces surge el conflicto permanente, la necesidad de oponerse, la urgencia de tener un adversario para sostener el propio relato.
La mente puede convertirse en la herramienta más precisa del espíritu cuando ha sido dominada y puesta en su lugar. En ese estado, analiza sin dividir tu esencia, observa sin arrastrarte, discierne sin romperte por dentro.
Pero cuando ella te gobierna, ocurre lo contrario; reaccionas sin pausa, necesitas antagonistas, conviertes la vida en guerra y te defines por oposición. Entonces ya no estás utilizando la mente; ella te está utilizando a ti.
El centro no es tibieza ni indiferencia.
El centro es tensión consciente sostenida.
Es la capacidad de percibir el impulso que te empuja a rechazarlo todo, a combatirlo todo, a desconfiar de todo… y no dejarte poseer por él. Y al mismo tiempo, reconocer el impulso que idealiza todo, que justifica todo, que embellece todo… sin caer tampoco ahí.
El eje no elimina los polos.
Los integra.
Cuando instrumentalizas la mente , dejas de ser pieza del juego. Dejas de reaccionar como ficha movida por fuerzas que no reconoces. Empiezas a actuar desde coherencia interna.
Y ahí cambia completamente la forma de comunicar.
Ya no hablas desde la rabia ni desde la fascinación.
Hablas desde estabilidad.
El verdadero cautiverio no es un lugar físico ni un acontecimiento externo. Es la incapacidad de reconciliar dentro de ti aquello que tu mente considera irreconciliable. Es no poder unir lo que parece opuesto. Es vivir fragmentado.
Mientras necesites dividir para existir, seguirás atrapado en la dinámica que dices querer trascender.
Por eso el trabajo real no es destruir el mundo ni idealizarlo. Es gobernar tu propia estructura interior. Es aprender a usar la mente sin que ella te use. Es dejar de ser arrastrado por narrativas absolutas que te entregan identidad a cambio de tu eje.
Si no puedes sostener el centro, cualquier extremo te adoptará.
Y cuando un extremo te adopta, ya no eres tú quien habla.....
No hay comentarios:
Publicar un comentario