Nos levantamos, nos miramos al espejo y lo primero que hacemos es juzgar. El cabello, el peso, las arrugas, la ropa. Vivimos en una era que premia la imagen por encima de casi todo, y sin darnos cuenta, empezamos a creer que eso es lo que somos. Que si no nos vemos bien, no somos suficiente.
Pero el yoga nos recuerda que tú no eres ese reflejo.
En la filosofía del yoga existe un concepto llamado Atman, que es el ser verdadero, el alma que habita dentro de cada uno de nosotros. Ese ser no envejece, no engorda, no tiene arrugas ni días malos. Ese ser es pura consciencia, pura luz. Y la práctica del yoga, en su esencia más profunda, no es para tener un cuerpo más flexible. Es para recordar quién eres más allá del cuerpo.
El anciano sabio que lee en silencio no busca aprobación. No necesita que nadie lo vea para sentirse completo. Su luz viene de adentro, no de afuera. Esa es la diferencia entre vivir desde el ego y vivir desde el alma.
Cuando empiezas a moverte, a respirar, a aquietarte, algo evoluciona. Dejas de preguntarte cómo te ven y empiezas a preguntarte cómo te sientes. Y ahí, en ese silencio, encuentras lo único que siempre estuvo contigo: tu esencia.
El cuerpo es el templo. Pero tú eres lo que vive dentro.
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