Hay personas que se acercan rotas, derrotadas, con hambre de ayuda, con cara de víctima y con historias que despiertan tu compasión. Y tú, por noble, por humano, por no querer parecer cruel… les das tu tiempo, tu energía, tu lealtad, tu mano y hasta pedazos de tu paz. 
Pero la vida enseña algo duro: no todo el que sufre es bueno, y no todo el que llora merece entrar en tu vida.
Algunos no quieren ayuda…
quieren acceso.
No buscan sanar…
buscan usar.
No necesitan amor…
necesitan a alguien ingenuo a quien drenarle el alma.
Y cuando recuperan fuerzas, cuando vuelven a ponerse de pie, cuando ya no están débiles… te muerden.
Te traicionan.
Te voltean la cara.
Te atacan con la misma mano con la que los levantaste. 
Eso duele, pero también despierta.
Porque madurar no es dejar de tener corazón.
Madurar es entender que la compasión sin límites también puede destruirte.
Que no viniste al mundo a salvar a todo el que llega herido.
Y que a veces, ayudar sin discernimiento, es abrirle la puerta a tu propio verdugo.
No se trata de volverte frío.
Se trata de volverte sabio.
De aprender que hay heridas que inspiran ternura… y otras que solo esconden veneno. 
No todo el que está en el suelo merece sentarse a tu mesa.
No todo el que pide abrigo merece conocer tu hogar.
Y no todo el que aparenta necesitarte merece probar tu bondad.
Porque hay personas que no confunden tu amor con apoyo…
lo confunden con debilidad.
Y ahí es donde debes recordar esto:
ayudar está bien, pero regalarte por completo a quien no ha sanado su oscuridad puede costarte la paz, la dignidad y hasta el alma.
Porque en este mundo, algunos no necesitan ser rescatados…
necesitan límites.
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