En mi opinión, la baja autoestima –y aún más la falta de autoestima- es la culpable de la mayoría de los conflictos personales.
Hice un estudio durante varios años entre personas que se encontraban
en un momento complicado de su vida, porque no estaban satisfechos en
general, o porque la relación consigo mismos era complicada y faltaba la
ilusión en sus vidas. Cada persona lo planteaba de un modo distinto y
había bastantes diferencias en sus situaciones personales, pero en un
95% de los casos detrás de esa inquietud, de esa insatisfacción, había
una autoestima en niveles muy bajos.
Es como la pescadilla que se
muerde la cola, como un círculo vicioso del que resulta complicado
salir, porque la falta de autoestima frena el que uno se ponga en marcha
para afrontar y resolver sus asuntos, y al mismo tiempo y al no
resolver los asuntos, la autoestima cae más aún.
Una de las
complicaciones para resolver el asunto de la autoestima es que ésta se
aloja en lo inconsciente, y por lo tanto nos afecta continuamente, y
sólo somos conscientes de su afectación cuando prestamos plena atención,
cuando con la mente dirigida por nosotros ponemos ecuanimidad a lo que
somos, a quienes somos y a lo que nos está pasando; entonces podemos ver
con objetividad que valemos más de lo que creemos o que tenemos más
cualidades de las que nuestra pesimista baja autoestima nos hacer creer.
La creencia firme de quiénes creemos que somos, el auto-concepto, está
incrustado en lo inconsciente y no admite modificaciones así por las
buenas. No tiene ningún interés en cambiar esa idea porque está muy
arraigada y existe un convencimiento fuerte.
Es necesario un
trabajo personal muy intenso y muy profundo para cambiar el
auto-concepto propio. No vale con darse un día unas palmaditas y
dedicarse unas palabras benevolentes.
Es necesaria la
implicación personal, porque uno conscientemente puede darse cuenta de
su realidad objetivamente, y puede pensar más o menos bien de sí mismo,
pero las modificaciones hay que hacerlas en el inconsciente ya que es él
quien manda en ese aspecto. Actúa de un modo automático, así que
mientras no se le cambie ese automatismo su idea seguirá siendo la
misma.
Se imponte por tanto sacar esas ideas del inconsciente y
cambiarlas por otras más ciertas, más acordes con una verdad objetiva en
la que las cosas no son tan malas y hay una cierta tolerancia para
nuestra forma de ser o para algunas de nuestras actuaciones.
No
siempre somos culpables del que estamos siendo en este momento, así que
conviene revisar si eso que ha hecho que la autoestima baje tiene alguna
lógica y contiene la verdad suficiente como para tumbarnos, o si es una
excesiva auto-exigencia en aspectos para los que uno no está preparado
la que nos hace creer que no valemos… o si es que uno ha caído en la
indeseable trampa de las comparaciones.
Nos domina la baja autoestima porque nos rendimos ante ella.
Nos hacemos pequeños, nos quedamos petrificados, nos encogemos rogando
ser invisibles porque ante nuestra vista es algo invencible.
Y no es así.
Tenemos el arma poderosa que puede hacernos vencer en esta contienda: el Amor Propio.
El desterrado Amor Propio sigue estando. Asustado y escondido, pero sigue estando. Y se trata de encontrarlo y recuperarlo.
Se trata de tener una conversación con uno mismo, sincera, amable,
llena de comprensión hacia ese ser cargado de extravíos y
desorientaciones que cada uno es; una conversación que proponga un
arreglo, un pacto, y un concilio que lleve a una reconciliación.
Se trata de encontrar donde sea un poco de dignidad, de respeto propio,
de la comprensión de que esa situación no conduce a nada positivo y
condena a una vida llena de insatisfacciones, y a permanecer en un pozo
que cada vez es más hondo y más oscuro.
Cualquier esfuerzo que requiera mejorar la autoestima será larga y generosamente compensado y recompensado.
Uno es el beneficiado directo de cualquier mejora que haga sobre su
autoestima, así que el premio es tangible… y promete una vida mejor.
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Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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