Se me fueron los años sin darme cuenta, se me escaparon entre hijos que crecían, tareas interminables, silencios que se alargaban, camas frías y tazas de café que se enfriaban antes de tocar mis labios.
Se fueron entre sacrificios invisibles, promesas que el viento se llevó y sonrisas falsas para no preocupar a nadie. me convertí en la base, en quien sostiene a todos, escucha y aconseja, pero nadie pregunta si está bien.
Un día, sin drama ni llanto público, me vi frente al espejo. no lloré. me hablé y me dije: ya basta.
A mis casi setenta, cuando creí que solo se me subía la presión o la rodilla, se levantó la dignidad, escondida entre las costillas esperando permiso para salir.
Con voz firme, aunque temblorosa, me dije: basta. basta de ser la última de la lista; basta de mendigar cariño; basta de fingir que duele; basta de creer que ser buena mujer equivale a aguantarlo todo.
Hoy, con arrugas y cicatrices en el alma, me reconstruyo. recojo a pedacitos a la mujer que fui, la que soñaba, la que se reía sola, la que no pedía permiso para vivir. me abrazo. nunca es tarde para amarme, para elegirme y para ponerme en primer lugar. a esta edad me reinvento y lo haré a mi manera.
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