En mi opinión, hay demasiadas personas que se aferran a las
insatisfacciones y permiten que les obnubilen de tal modo que no son
capaces de darse cuenta de que no tienen la importancia tan grande, y en
la mayoría de los casos artificial, que les adjudican.
Esas
mismas personas tienen tendencia a magnificar las cosas que les pasan, o
las que no les llegan a pasar, y todo lo que no salga tal como desean
es un atentado directo a su integridad personal y emocional, que se ven
resentidas con la misma intensidad que si les pasara un ciclón por
encima.
La vida no es perfecta y en la vida no pasan las cosas
como cada uno desea, y esto hay que asumirlo sin frustración, sin
pataleta, sin sentirse víctima de los hados o del destino.
Es así.
Y mientras antes se acepte, menos sufrimiento habrá que padecer.
La mayoría de las insatisfacciones son berrinches infantiles del ego, que no ve satisfechas sus demandas, sus ilusiones.
Y conviene recordar que las ilusiones son conceptos sin una base firme
de realidad; son solamente sugerencias de una imaginación sin
consciencia de las dificultades o las imposibilidades, son esperanzas
que parecen atractivas, pero les damos un tratamiento de cosas que se
han de cumplir… ¡sólo porque la hemos imaginado!
Es una auténtica –y trágica- inconsciencia confiar en que por haber deseado una cosa, ésta se vaya a materializar.
Y es una absurdez darle categoría de autenticidad a algo que solo tiene lugar en el pensamiento.
El deseo ha de estar acompañado por la energía, la voluntad, la constancia, el trabajo…
Es una actitud con mucha infantilidad la de pedir lo que se desea con
la misma inocencia –y con el mismo esfuerzo nulo- que se le pide algo a
los Reyes Magos.
La vida es algo más serio que creer en que algo
ajeno va a venir a resolver los problemas principales, las necesidades
importantes; es una equivocación de consecuencias graves la de dejarla
inconscientemente en manos del azar o del destino o de la casualidad, o
confiar en que son los hados y los ángeles los que harán la tarea que
cada uno ha de realizar por y para sí mismo.
No es lícito ansiar
algo, quedarse quieto esperando que todo confabule en favor propio para
que le sea concedido, y en el caso –más que probable- de que no se
cumpla, rendirse a una pataleta furiosa, o a una frustración que no
debería llegar a producirse.
El hecho de esforzarse por lograr
algo, y alcanzarlo, tiene un doble premio: el haberlo conseguido y el
aumento correspondiente en la autoestima.
A lo largo de la vida
nos llegarán satisfacciones provocadas por personas o sucesos ajenos a
nosotros, y han de ser muy bien venidas y agradecidas, pero la práctica
totalidad de las cosas que queremos nos las tenemos que procurar por
nosotros mismos, con esfuerzo, con dedicación e insistencia, con pasión y
sin desánimo.
Es preferible ser muy selectivo a la hora de poner
el cumplimiento de nuestras satisfacciones en algo ajeno –no podemos
responsabilizarnos por lo que hagan o no los otros-, y también hay que
vigilar que no las dejemos en manos de las utopías porque, como ya
sabemos, tienen mayor tendencia a no cumplirse.
Y es conveniente
valorar el impacto que las insatisfacciones nos producen. Aunque se
trata de sentimientos, que son difíciles –pero no imposibles- de
controlar, por el propio bien es mejor no darles una importancia
excesiva. Es mejor que nos pongamos a salvo de su nefasto efecto.
Cuidarnos es una tarea primordial, y evitarnos los sufrimientos e insatisfacciones innecesarios, también.
Es bueno des-dramatizar la vida y no permitir que las insatisfacciones nos alteren y amarguen la existencia.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
Si te ha gustado, ayúdame a difundirlo compartiéndolo. Gracias.
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