En mi opinión, la envidia está formada por unos componentes que son
bastante negativos y que conviene conocer para transmutarlos hacia lo
positivo –si esa es nuestra intención-, o descartarlos –porque nos
perjudican-.
En el aspecto “positivo” –que hay que matizar- el
diccionario dice que “es el deseo de imitar e incluso superar las
acciones ajenas” y “es el deseo de algo que no se posee”, pero lo cierto
es que generalmente se queda en “el deseo”, pero no se aplica el
esfuerzo que eso requiere sino que uno se queda esperando que el
resultado caiga del cielo, o que sean la suerte o el destino quienes lo
provean.
Es eso que se llama “envida sana”, pero que no es tan sana como aparente.
A la “envidia sana” hay que denominarla como lo que realmente es, y eso
se llama “admiración”, que es “Ver, contemplar o considerar con estima o
agrado especiales a alguien o algo que llaman la atención por
cualidades juzgadas como extraordinarias”.
La envidia habitual
lleva incluida, aunque no nos demos cuenta de ello, rabia o cualquiera
de sus muchos sinónimos –contra el otro por haberlo conseguido o contra
nosotros mismos por no haberlo conseguido- y eso crea una inquietud
interna que nos lleva a mirar mal al otro en vez de admirarle.
La
envidia es, tal como dice el diccionario, “Tristeza o pesar del bien
ajeno”. No nos alegramos por lo que ha conseguido el otro –como debiera
ser- sino que nos domina una tristeza o un pesar porque él sí lo ha
conseguido y nosotros no. Hay rencor y animadversión, aunque no se
admita, incluso aunque no se conozca a la otra persona.
La
envidia es mala. De momento, porque el envidioso padece los efectos de
una actitud desagradable y antipática que es dañina para él mismo. No
está centrado en él, sino en esa sensación que le corroe y le saca de su
serenidad y su equilibrio.
Uno se olvida de sus propios logros
y se centra en los logros del otro. Y eso es un error lamentable y
contraproducente, porque se olvida de lo que SÍ tiene y se centra en lo
que NO tiene. Absurdo. Y grave.
Lo amable, lo cristiano o lo
religioso, lo humano, lo generoso, sería alegrarse por el bien y los
éxitos de los otros. Esos éxitos logrados por ellos no debieran
convertirse en enemigos sino en motivo de satisfacción y en un espejo en
el que mirarnos: si otro lo ha conseguido yo también lo puedo
conseguir.
Recuerdo un cuentecito que, resumido, relataba que
había dos personas que se odiaban mucho, y cuando a uno le fue concedida
la oportunidad de pedir lo que deseara, que se le iba a conceder fuese
lo que fuese, pero con la condición de que al otro le concederían el
doble… pidió que le sacaran un ojo.
No hay que envidiar, hay que
admirar, hay que tomar ejemplo, hay que alegrarse por el otro y
elogiarle… y hay que ponerse a la tarea de conseguir lo mismo, si eso es
lo que se desea.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
“Oír o leer sin reflexionar es una tarea inútil”. (Confucio)
jueves, 11 de marzo de 2021
LA ENVIDIA ES LA MALA ADMIRACIÓN (Por Emma Fernandez)
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