A medida que el Espíritu se purifica, el cuerpo que reviste se aproxima
igualmente a la naturaleza espírita. La materia es menos densa, no se arrastra tan penosamente por el suelo, las necesidades físicas son menos groseras y los seres vivientes no tienen necesidad de devorarse entre sí para alimentarse. El Espíritu es más libre y tiene de las cosas lejanas percepciones que os son desconocidas; ve con el pensamiento lo que vosotros solo veis con los ojos del cuerpo.
La purificación de los Espíritus se refleja en la perfección moral de los
seres en que están encarnados.
Las pasiones animales se debilitan y el egoísmo cede lugar al sentimiento de fraternidad. Por esto en los mundos superiores a la
Tierra son desconocidas las guerras, los odios y las discordias no tienen motivo de ser, puesto que nadie se preocupa en causar daño a su semejante.
La intuición que sus habitantes tienen del futuro, la seguridad que les da una conciencia libre de remordimientos, hacen que la muerte no les cause angustias y la reciben sin miedo, como una simple transformación.
La duración de la vida en los diferentes mundos parece ser proporcional
al grado de superioridad física y moral de esos mundos; y esto es perfectamente racional. Mientras menos material es el cuerpo, menos expuesto está a las
vicisitudes que lo desorganizan.
Allan Kardec.
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