En mi opinión, nos dedicamos más a juzgar que a comprender.
Con esta premisa inicial, cualquier cosa que hagamos cuando tengamos la
ocasión de poder comprender algo posiblemente lo haremos mal, porque
estaremos condicionados debido a la interferencia de esta mala
costumbre.
En muchas ocasiones, al hablar personas observo que
cuando empiezo a decir algo, o bien me interrumpen sin dejarme llegar al
final porque creen adivinar lo que voy a decir, o bien cierran sus
oídos y dejan de escuchar recién iniciado mi turno porque ya tienen
claro que lo importante no es lo que yo pueda decir, sino lo que ellos
quieren decir, y están más pendientes de lo que van a decir que de
escucharme.
No es lo correcto. No me están dedicando su atención.
Comprender las cosas no es sólo entenderlas intelectualmente, sino
acondicionarlas en ese sitio donde vamos colocando las cosas que nos
resuenan, que sabemos con el corazón que son indiscutiblemente ciertas y
que nos pertenecen, porque nosotros diríamos o pensaríamos lo mismo.
Comprender a una persona, exige desprenderse de la toga de juez,
requiere un ejercicio de abandono del tiempo y la prisa, una acogida
cálida en nuestro corazón, una sonrisa cordial y hospitalaria, o bien la
empatía de la seriedad o el estado que requiera el instante y entrar y
estar en ese momento en la otra piel sin abandonar la propia.
La
comprensión, lo repito, no es enjuiciar, ni siquiera ni valorar, ni
juzgar. Es permitirse entrar en el hecho que nos relata la otra persona,
alcanzar tal grado de empatía que uno pueda ver desde los ojos del otro
y, lo que es más complicado, desde las circunstancias personales del
otro.
Hay una cosa que debemos tener muy clara: si nosotros
fuésemos la otra persona, aquella a la que estamos tratando de
comprender, y hubiésemos tenido su misma educación, sus mismas vivencias
y sus mismas circunstancias vitales, actuaríamos o reaccionaríamos
EXACTAMENTE IGUAL QUE LO HACE ELLA.
Una cosa es ver desde nuestro
punto de vista, teniendo en cuenta que NOSOTROS SOMOS DISTINTOS,
nuestra educación y nuestras vivencias y nuestras circunstancias vitales
son otras distintas, por tanto nuestra mente es distinta y es distinta
nuestra forma de ver y actuar. Además de que nosotros no estamos
implicados en el problema del otro, por tanto disponemos de una
ecuanimidad que el otro difícilmente puede alcanzar.
Comprender
al otro no se refiere a entender lo que dice, sino entenderle a él, como
un conjunto y como un resultado de lo que ha vivido o sufrido o
experimentado a lo largo de su vida.
La empatía es el sentimiento
de identificación con algo o con alguien. Es la capacidad de
identificarse con alguien y compartir sus sentimientos.
Identificarse es hacerse idéntico. Hacer que dos realidades distintas se
consideren la misma en algún aspecto. Ser una misma realidad. Y eso
implica ponerse en la piel del otro, pero no para ser y reaccionar como
él, sino para entender el origen de su actitud o su situación.
Hay que dejar de lado “lo que yo haría”, “lo que yo hubiera hecho”,
porque yo soy distinto, yo haría otra cosa si yo estuviese en su lugar y
siguiese siendo yo mismo, pero si estuviese en su lugar y fuese él
haría exactamente lo mismo. Lo repito por si queda alguien que aún no se
ha dado cuenta de la importancia trascendente de esto.
Cuando se
trata de comprender a alguien se trata de acogerle comprensivamente en
su situación o actuación, sea la que sea, porque es muy posible que sea
una víctima de sus circunstancias más que el culpable de ellas.
Comprender es abrir los brazos y el alma, acoger sin juicios, aceptar
sin condiciones, atender con toda la consciencia, con total apertura de
la comprensión y sin la presencia de enjuiciamientos o críticas.
Primero el abrazo reconfortante, la acogida comprensiva, el alma abierta y el corazón campechano.
Después, la mente limpia y la tolerancia predispuesta.
Y cuando ya se haya conseguido lo anterior entonces es el momento de
escuchar, con y desde el corazón, con y desde el amor, y al final, y si
el otro nos lo pide, es cuando uno puede emitir una opinión o cuando
puede aportar su visión o sus ideas. Eso sí, que jamás sean
imposiciones, órdenes, coacciones, sentencias, ni exigencias.
El otro es el otro y su vida es su responsabilidad.
Somos hermanos, no salvadores.
Y aunque duela, aunque vaya en contra de nuestro deseo, tenemos que respetar al otro y sus decisiones.
Comprender es, también, dar libertad.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
miércoles, 5 de enero de 2022
LA COMPRENSIÓN Y EL DESARROLLO PERSONAL (Por Emma Fernandez)
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