Casi toda tradición espiritual, habla del silencio.
Tal silencio es entendido como ausencia de pensamiento y se considera la cúspide de la realización espiritual.
Sin embargo toda descripción del silencio de la mente, de cualquier tradición espiritual, paradójicamente crea la intención, deseo, perturbación o ruido mental al incentivar la creación de una imagen mental, por vaga que sea, de lo que se cree o intuye es ese "silencio de la mente".
Las tradiciones espirituales señalan el silencio de la mente y en tal señalamiento necesariamente aparece junto con el silencio, el concepto opuesto, entendido cómo ruido de la mente, pensamiento o ausencia de silencio.
Una vez conceptuamos o imaginamos "el silencio de la mente", aparece la necesidad de discriminar si nos encontramos en tal silencio o no y posteriormente el deseo de suprimir o evitar el ruido para permanecer en el silencio.
Tal es el poder de la palabra, qué crea lo que no existe.
El silencio de la mente no existe, pues "solo pensando" imaginamos que existe: el silencio de la mente.
Pero tampoco existe "el pensamiento", fuera del pensamiento que cree "está pensando".
El ruido de la mente, su perturbación o inquietud, aparece inmediatamente junto con el silencio de la mente.
El verdadero silencio está más allá de la dualidad de pensar o no pensar.
El verdadero silencio no requiere, ni puede ser realizado en ninguna forma, pues el deseo mismo de obtener tal logro espiritual es la proyección de una visión dual de la realidad qué divide el mundo en pares opuestos y quiere además quedarse con uno.
La única espiritualidad posible, es aquella que ve "toda espiritualidad" como la misma proyección dualista del pensamiento qué crea la insatisfacción de buscar lo inexistente y sentirse infeliz por nunca poder realizar lo imposible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario