En mi opinión, una de las
cosas grandiosas y desconcertantes al mismo tiempo que nos ofrece la
vida es la variedad de cosas y situaciones que nos pueden ir sucediendo a
lo largo de ella.
Muchas de ellas no son de nuestro agrado, no las deseamos, y preferimos evitarlas a toda costa… pero parecen ser inevitables.
Suceden. Y tenemos que hacer algo con ellas.
Una de las primeras cosas que se nos ocurren ante los asuntos
desagradables que nos acontecen es negarlos. Es una actitud infantil,
pero es lo primero que aparece: la negación. No quiero que esto me
suceda a mí, no me gusta, no me apetece. Es inconsciente, por eso no nos
damos cuenta de nuestra respuesta inmediata.
Cuando nos damos cuenta de que su presencia o su efecto es real tenemos que dar ya el primer paso: la aceptación.
Ha sucedido y hay que aceptarlo. Aceptar, por supuesto, no quiere decir
que se esté de acuerdo con ello, no equivale a asumirlo sin oposición,
no es una rendición definitiva e incondicional. Aceptar quiere decir
reconocer y admitir –aunque sea a regañadientes- la realidad.
Sólo aquello que se reconoce y se acepta como real puede ser rechazado o
modificado, así que este paso es imprescindible. Negar la realidad es
un absurdo. O sea que… aceptemos lo que nos ha sucedido, por muy
desagradable que nos parezca. Y a partir de entonces, busquemos una
solución.
Si no es posible resolverlo, por la circunstancia que
sea, entonces llega el segundo paso y es que, dada su inevitabilidad,
habrá que adaptarse a ello… en principio y de momento –otra vez vuelvo a
decir que no es una rendición, sino que es supervivencia pura-.
Habrá que hacer lo posible por adaptarlo a nuestra conveniencia, o por
adaptarnos a ello, para que sea lo menos doloroso o molesto posible,
para que no sea una pesada carga y pueda llegar a ser tolerable –dado
que hemos verificado que es inevitable-. Y esto no es una derrota, es
instinto de conservación. Es auto-cuidado. Es, de algún modo, ser digno
dentro de lo desagradable que nos ocurre.
Otra de las cosas que nos propone la vida, y que debemos admitir siempre que sea posible y beneficioso, es renovarnos.
No estamos mal destinados por los hados ni castigados para ser de un
modo con el que no estemos de acuerdo, para seguir ineludiblemente en
situaciones que no son de nuestro agrado, ni para consentir y someternos
a cosas que podemos cambiar si ponemos los medios y la atención
suficiente.
La renovación es una opción estupenda, y es algo que
parece que se nos olvida. Somos libres y tenemos libertad. En algunos
casos excepcionales hay algo que no depende de nosotros y por más
interés que tengamos no vamos a poder renovarlo, pero cuando realmente
no es así hay que afrontarlo, deshacer o desechar lo indeseado, y poner
en su lugar lo que sí es de nuestra apetencia.
Viene bien en
este caso la frase que se atribuye a Alcohólicos Anónimos: " Señor, dame
serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para
cambiar las que sí puedo, y sabiduría para conocer la diferencia".
Conviene no catalogar los sucesos en una definición cerrada que coarte la libertad de ser modificados posteriormente.
Conviene tener claro qué hay que aceptar definitivamente y qué de un
modo temporal, a qué hay que adaptarse de por vida o sólo durante un
espacio de tiempo limitado, qué es eficaz o necesario renovar y qué es
mejor dejarlo como está, y cómo diferenciar cada una de las situaciones.
Un acuerdo entre mente, intuición, corazón y sabiduría nos pueden aclarar las dudas.
Aceptación, adaptación, renovación.
La vida es generosa y nos ofrece soluciones que tenemos que saber utilizar.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
viernes, 3 de septiembre de 2021
ACEPTACIÓN, ADAPTACIÓN, RENOVACIÓN (Por Emma Fernandez)
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