En
mi opinión, una de las cosas que no tienen en cuenta edad ni el estatus
ni la inteligencia ni el país de origen de las personas son… los
sentimientos. Nos afectan y parecen ser ingobernables, aunque esto no
siempre es cierto.
Esa
costumbre -que aparenta ser inevitable- de convertir en dolor, en
impresiones desagradables, en sacudidas punzantes, todo aquello que nos
remueve duramente está basada en un mismo principio: está provocado por
la no aceptación incondicional de aquellas cosas que no acaban
sucediendo tal como deseábamos.
Se
sufre cuando teníamos una idea o una ilusión y sucede otra cosa
distinta, cuando no se cumplen nuestros deseos, cuando no nos agrada la
realidad; en estos casos, eso que sucede afecta a nuestras vidas, porque
permitimos que afecte, de un modo descontrolado y excesivo en la
mayoría de las ocasiones. Provoca una frustración que no siempre sabemos
canalizar bien y se manifiesta con todo tipo de efectos negativos o
psicosomáticos.
Los
sentimientos que son agradables se manifiestan en forma de felicidad,
humor, alegría, euforia y otros estados similares que van acompañados de
bienestar y satisfacción.
Los
que son desagradables lo hacen aportando malestar, rabia, furia,
desesperación, llanto, ira, destrucción, depresión… o con cualquiera de
los aspectos de la expresión humana menos amables.
Ya
se sabe que las emociones son inevitables porque son la expresión
natural humana ante los sucesos, y se sabe que lo que puede volverse en
nuestra contra –y en ocasiones contra los otros- provocando dolor, son
los sentimientos, que es aquello en lo que nosotros convertimos las
emociones al añadirles nuestra interpretación de rechazo o aceptación.
Lo
complicado es que esos sentimientos son inconscientes. Ante esa
sensación de que las cosas, o el mundo, se vuelven en nuestra contra, no
reflexionamos con serenidad y ecuanimidad ante los hechos observándolos
objetivamente, relativizándolos, comprendiéndolos o restándoles
agresividad, sino que aplicamos, impulsivamente y sin pensarlo, toda la
potencia con la que podemos expresar nuestra desaprobación y malestar. Y
no es fácil imponerse fríamente ante uno mismo cuando lo que apetece es
la manifestación sin control del revoltijo interno que mezcla desde la
ira hasta la desesperación, desde el padecimiento hasta la frustración.
Esos
sentimientos no aceptados implican una reacción del cuerpo entero.
Durante ese estrés emocional el propio cuerpo se altera de un modo
notable. No es sólo la mente la que se inquieta: el cuerpo refleja el
estado interior. Todo se activa de un modo automático para repeler lo
indeseado.
El sufrimiento es Universal porque en general tenemos poca tolerancia a la frustración.
Si en vez de rechazar todo aquello que no nos gusta pero es inevitable
fuésemos capaz de aceptarlo sin una épica oposición –lo que no quiere
decir que nos guste- evitaríamos ese derroche de pasiones y arrebatos
que pueden perjudicar a otros, pero principalmente nos perjudican a
nosotros.
No
propongo un estado de indolencia y frialdad ante los sucesos ingratos
–somos Humanos y hacer eso es difícil- pero si propongo una reflexión
acerca de lo que sucede cuando montamos en cólera y sobre ese regusto
amargo que nos deja después nuestra actitud la mayoría de las veces. Si
nos damos cuenta de qué pasa al reaccionar como lo hacemos, y si
comprobamos que es mejor contar hasta diez –o hasta mil en algunas
ocasiones- antes de explotar de un modo iracundo, podríamos tomar la
decisión de relativizar las cosas que nos suceden, de verlas como
situaciones pasajeras que son poco en comparación con toda una vida; que
son circunstanciales, que no tienen una entidad tan grave como le
adjudicamos, y que les damos un poder tan grande que manda en nosotros,
nos descontrola y nos deja dolorosamente afectados.
Que
“el sufrimiento es Universal” o que “el sufrimiento es opcional”, como
frases que son, por sí mismas, no resuelven gran cosa. Otros dicen que “el sufrimiento sólo es necesario para darse cuenta de que no es necesario”.
Pero si uno es capaz de integrar esto y no en la mente, sino en el
cuerpo, en la vida, en el carácter, en el inconsciente, en el alma…de
pronto verá la luz. De pronto, una comprensión sin palabras, rotunda,
indiscutible, que no se puede desmontar, hará ver que se está perdiendo
la calma, el bienestar y la vida sufriendo innecesariamente. De pronto
parece que todo se relativiza, que uno se deshace de una montaña que
llevaba aplastando su alma, y entonces se es capaz de mirar con una leve
sonrisa lo que antes miraba con temor.
El
sufrimiento requiere más de una revisión, más de una reflexión,
deshacerse de él, no darle permiso para que se instale, no acogerle.
Esta es una buena tarea que conviene no aplazar.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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