El superpoder de un hombre es su habilidad para alejarse.
No por orgullo, sino por dominio propio. Porque mientras el hombre común se aferra, suplica o negocia su valor, el hombre que entiende su poder simplemente da la media vuelta y se marcha sin mirar atrás. Él sabe que cada paso que da lejos de lo que no le respeta, lo acerca a lo que realmente lo fortalece.
El superpoder de una mujer está entre sus piernas, no solo por deseo, sino por influencia. Es el centro del magnetismo, la llave que puede abrir imperios o destruirlos. Ella lo sabe, aunque a veces lo niegue. Su poder está en lo que el hombre anhela, en lo que pocos pueden resistir sin perder el rumbo.
Y es ahí donde el equilibrio se rompe.
Porque cuando un hombre olvida cuál de los dos poderes debe proteger, se convierte en esclavo de sus impulsos, en prisionero del placer que lo distrae del propósito. Se arrodilla ante lo que debería admirar con distancia, y entrega su energía a cambio de migajas de validación.
El hombre fuerte no desprecia el poder femenino, lo respeta. Pero nunca lo coloca por encima de su misión. Porque quien domina el arte de alejarse, domina el arte de no ser dominado.
Entonces la pregunta permanece, como un eco en el silencio:
¿Eres el que se deja consumir por el fuego… o el que aprende a controlarlo?
No hay comentarios:
Publicar un comentario