Desconociendo
la complejidad del proceso de la vida, el hombre terreno siempre se ha
apegado, principalmente en las civilizaciones occidentales, al concepto
negativo de la muerte como frustración total de todas las posibilidades
humanas.
Mas
las pesquisas científicas de la naturaleza humana, particularmente en
el campo de los fenómenos paranormales, llegaran a pruebas
incontestables de la sobrevivencia del hombre después de la muerte.
Esta sobrevivencia implica naturalmente la existencia de planos espirituales en que la vida humana prosigue.
El
desenvolvimiento de la Física en nuestros días llevó a los científicos
al descubrimiento de la antimateria, de las dimensiones múltiples de un
Universo que considerábamos apenas tridimensional, a la conquista de los
antiátomos y antipar-tículas atómicas que pueden ser elaboradas en
laboratorios, como han sido elaborados.
La existencia de las hipóstasis ya no es más una suposición, mas una verdad comprobada.
El cuerpo bio-plásmico del hombre, como también el de los vegetales y de los animales, fue tecnológicamente comprobado.
Los
muertos no pueden ser más, considerados muertos. Lo que murió fue
apenas el cuerpo carnal de estas criaturas, que Dios no creó como
figuras de marionetas para un rápido pasaje por la Tierra.
Sería
extraño y hasta irónico que, en un Universo en que nada se pierde, que
todo se transforma, el hombre fuese la única excepción perecedera,
sujeto a desaparecer con su despojos.
La
mayor conquista de la evolución en la Tierra es el hombre, creado,
según el consenso general, en la tradición de los pueblos más
adelantados, hecho a imagen y semejanza de Dios. Qué extraña decisión
habría llevado al Creador a negar a este ser la inmortalidad que
confirió a todas las cosas y a todos los seres, desde los más inferiores
y aparentemente inútiles? Habría una Economía en la Naturaleza que
sería contrariada por esta medida de excepción. Hoy, la verdad se
define, cada vez más comprobada e innegable, a nuestros ojos mortales:
El hombre es inmortal. Al morir en la Tierra, se transfiere hacia los
planos de materia más sutiles y rarefacta, en que continuará viviendo
con más libertad y mayores posibilidades de realizaciones, ciertamente
inconcebi-bles para quienes quedan en el plano terreno.
El
espíritu encarnado, que, luchando en el fondo de un océano de aire
pesado, consigue hacer tantas cosas, por qué dejaría de actuar con más
interés y visión elevada en un plano en que todo milita a su favor? Se
engañan los que piensan en los muertos como muertos. Ellos están más
vivos que nosotros, disponen de visión más penetrante que la nuestra,
son criaturas más definidas que nosotros, y pueden vernos, visitarnos y
comunicarse con nosotros con más facilidad y naturalidad. Será preciso
que no nos olvidemos de este punto importante:
los hombres son espíritus y los espíri-tus son nada más que hombres libertos de las órdenes de la materia.
Cargamos un fardo, ellos ya lo contrabandearon de sus costillas.
Tendremos que pensar en ellos como criaturas vivas y actuantes, como realmente lo son.
Ellos
no gustan de nuestras tristezas, mas se sienten felices con nuestra
alegría. No quieren que pensemos en ellos de manera triste porque esto
los entristece.
Se
encuentran en un mundo en que las vibraciones mentales son fácilmente
perceptibles y desean que los ayudemos con pensamientos de confianza y
alegría.
No
tenemos el derecho de perturbarlos con nuestras inquietudes terrenas,
en general nacidas de nuestro egoísmo y de nuestro apego.
Millones
de manifestaciones de entidades superiores, de espíritus conocidos o
no, mas siempre identificados, ocurren en el mundo continuamente,
probando la sobrevivencia activa de los que pasaran para el otro mundo y
allá no nos olvidan.
Herculano Pires.
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