La
física cuántica nos demuestra que más allá de todo lo tangible y
material lo que hay es energía. El budismo siempre ha defendido esa idea
y esa necesidad, la de trascender a lo físico para dar mayor relevancia
a nuestra conciencia. Al fin y al cabo, es esa impronta psíquica la que
da sentido y forma a la propia realidad.
Somos lo que pensamos, y es el propio pensamiento el que diseña lo que nos envuelve.
Una mente creadora.
Amit
Goswani, profesor de física en la universidad de Oregón nos indica que
el comportamiento de las micropartículas cambia dependiendo de lo que
hace el observador. Cuando un observador mira aparece un tipo de onda,
cuando el experimentador no actúa, no hay cambio.
Todo
ello demuestra lo sensibles que son los átomos ante cada cosa que
hacemos. El budismo, ha incidido siempre en ese mismo aspecto: nuestras
emociones y pensamientos nos definen y definen la realidad que nos
envuelve.
Conexión universal.
En
cada uno de nuestros átomos reside parte de ese polvo de estrellas con
el que se originó el propio universo. De algún modo, tal y como nos dice
el Dalai Lama, todos estamos conectados y formamos parte de una misma
esencia. Concebir esta conexión nos puede ayudar a entender la
importancia de generar el bien, porque todo aquello que hacemos
reverberaría en el Universo y nos sería devuelto.
La
conexión entre la física cuántica y la espiritualidad nos invita a ver
con otro prisma esta área de las ciencias. Es una perspectiva quizá más
sugestiva, y aunque no sea aceptable para las mentes más ortodoxas y
rigurosas, no desmerece nuestra atención.
“Si
pensamos en la posible conexión entre la física cuántica y la
espiritualidad, podemos ver que la mente ya no sería ese intruso
accidental en el reino de la materia, sino que se alzaría más bien como
una entidad creadora y gobernadora del reino de la materia”.
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