LA CRISIS DE LA MUERTE. Ernesto Bozzano. Médium Ernest H. Peckam.
La
entidad que se comunicaba designada aquí por el seudónimo de “Amicus”,
conforme al deseo expreso de la misma, fue en vida el Rev. A.K.
Stokwell, muerto hacía más de cuarenta años antes.
Después
de dar pruebas suficientes de identificación personal se consagró
enteramente a su misión, que consistía en transmitir a los vivos
enseñanzas como las que aquí nos ocupan y que forman una exposición
admirable, aunque sumaria, de las modalidades de existencia espiritual.
Relata de la manera siguiente sus primeras impresiones al respecto.
Cuando
me hallaba en el mundo de los vivos, jamás llegué a concebir la
existencia de ultratumba. Tenía sobre eso ideas confusas o inciertas que
giraban en torno a las concepciones
habituales de un “paraíso” reservado a los que conseguían “salvarse” y de un “infierno” listo para tragarse a los “malos”.
En
mi tiempo, generalmente se ignoraba la posibilidad de comunicación con
los Espíritus de los muertos. No había, pues, más que construir teorías y
tener fe en Dios. Era la fe lo que yo tenía.
En
estas condiciones es inútil decirte que, cuando me encontré en el mundo
espiritual, quedé profundamente admirado frente a la realidad. Me vi
acogido, reconfortado y ayudado por personas que yo conocí en la Tierra y
que me precedieron en el gran viaje.
Pero,
lo que constituyó para mi la alegría de aquella hora fue el encontrarme
con mi querida compañera de toda mi existencia, la cual de inmediato se
dedicó a prodigarme, en el medio espiritual, las delicadas atenciones y
las ternuras afectuosas que me dispensaba en el medio terrestre. Mis
primeros pasos en la morada celeste fueron vigilados por esa afectuosa
guía. Puedo afirmar que mi primera impresión en el mundo espiritual fue
la prueba de que la estima y la devoción de mi compañera no habían
disminuido por consecuencia de la muerte, ya que se renovaron para mí
con toda la conmovedora espontaneidad que las caracterizaba en el
medio
terrestre. Yo sentía que efectivamente había vuelto la dulce vida
familiar del período más dichoso de mi existencia; aunque, esta vez
gozaba más la felicidad por causa de la alegría suprema de la reunión
celeste, después de la larga separación terrena.
Observaré
a ese respecto que la narración de lo que experimenté no es más que un
episodio normal experimentado por toda la gente en el medio espiritual;
la muerte no puede eliminar el afecto, ni impedir la reunión de dos
almas que se amaron en la Tierra. Naturalmente nuestro afecto recíproco
tenía por fundamento muchas cualidades espirituales comunes a ambos.
No
obstante, en estos últimos tiempos, el camino que conduce a nuestra
elevación espiritual se bifurcó; ambos, no obstante, nos sentimos
dichosos de que sea así.
Uno de los primeros descubrimientos que hice después de mi muerte fue el de mí mismo.
Mi
verdadera individualidad se desarrolló ante mis ojos en toda la crudeza
de sus colores, revelación esta que no fue precisamente halagadora.
El
proceso de la muerte física y del renacimiento espiritual es muy
interesante e incluso bello. Normalmente a partir del instante en que
las funciones corporales comienzan a cesar, proceso que puede durar
bastante tiempo, los sufrimientos del cuerpo y las ansiedades del
Espíritu paran y van pasando gradualmente a condiciones de inconsciencia
absoluta. Más tarde, una vez traspasada la crisis de la muerte, se
opera el pleno despertar de la conciencia; el muerto renace entonces
hacia una nueva existencia y comienza a desarrollar su actividad en un
medio nuevo.
Siempre
pasa que, providencialmente, el Espíritu desencarnado no se percibe de
que muere; a veces cuando lo nota queda terriblemente trastornado,
especialmente si la muerte cortó lazos afectivos muy fuertes. Pero no
llega al medio espiritual desamparado; casi nuca se queda entregado a sí
mismo;
todos
los Espíritus, casi sin excepción, al salir de la crisis de la muerte
son acogidos por los guías más indicados para reconfortarlos,
aconsejarlos y asistirlos.
¿Dónde va a encontrarse el Espíritu recién nacido?
He aquí la respuesta: entró en el estado de conciencia único posible según sus condiciones morales, intelectuales, espirituales.
El
medio que lo recibe está determinado por el grado de espiritualidad en
el que se encuentra. A través de la muerte gana la morada espiritual que
preparó para sí mismo; no puede ir a ninguna otra parte. Son sus
calificaciones espirituales que lo hacen gravitar, con una precisión
infalible, hacia las condiciones de existencia que corresponden
matemáticamente a sus méritos y desmerecimientos. La gran “ley de
afinidad” regula este proceso inexorable. El hombre, después de la
muerte, va para el lugar que para sí mismo preparó; no podría ser de
otro modo. Se une a los que se le parecen; gravita hacia las legiones
espirituales entre las que se encontrará enteramente a gusto, como en su
propio medio, como en su casa.
Su
futura morada está en el círculo de su alma; sus compañeros
espirituales son los seres semejantes. En otros términos; el Espíritu
desencarnado por efecto de la ley bienhechora y justa de la “afinidad”,
gracias a la cual “cada uno atrae a su semejante”, gravita para el único
medio que se adapta a sus condiciones evolutivas, a su elevación moral,
a su cultura intelectual. Conforme él mismo las creó por su actividad
terrestre. Va a donde forzosamente tiene que ir.
Ahora
estará bien que te diga dos palabras acerca de la naturaleza de la
substancia empleada para las construcciones, o creaciones, en el medio
espiritual, así como sobre los métodos usados.
Nuestro
mundo es el del pensamiento; todo lo que en él se mueve, toca y usa es
una creación del pensamiento. Nuestro cuerpo espiritual es una creación
substancial del pensamiento; y de nuestro propio cuerpo que, sin ningún
prejuicio para nuestra individualidad, exteriorizamos, lo que nos es
necesario para el ejercicio de la actividad objetiva. Alrededor toman
forma las creaciones del pensamiento, fundidas y armonizadas con las
creaciones pensadas por los otros. Entre esas creaciones algunas son
exteriorizaciones inconscientes del pensamiento espiritual; otras
provienen de la fuerza creadora del pensamiento guiado por la voluntad
para fines determinados. Somos seres construidos de pensamientos,
existiendo en un mundo creado por el pensamiento. Naturalmente los que
habitan en el mundo terrestre, tan radicalmente diferente al nuestro,
tienen dificultad para comprender, e incluso para creer en estas
revelaciones. Pero te afirmo que los procesos funcionales que acabo de
mencionar son muy simples, muy naturales y extraordinariamente
eficaces...
Estas
enseñanzas espirituales que ahora apenas comenzamos a dar a los vivos
constituyen una de las muchas cosas a cuyo respecto Jesús, afirmó que
“aquella generación y aquella época no estaban maduras para recibirlas.”
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