FRENTE AL ESPEJO
Una amiga muy querida dice del acto de mirarse en el espejo que “es
allí donde todos los sentidos parecen no tener sentido, y donde no caben
engaños: sólo, y solo, uno frente a uno mismo... ya no cabe la misma
mirada desprevenida de antes... tal vez el que dijo que los ojos son el
reflejo del alma no estaba equivocado, y cuando profundizas en esa
mirada acaricias tu alma, y como no estás acostumbrado, te asustas”.
Una de las cosas más difíciles de realizar para el ser humano es enfrentarse al espejo.
Mirarse en él, más allá de los momentos desatentos de afeitarse o
ponerse el maquillaje, o sea, mirarse a fondo, directamente a los ojos,
soportando esa mirada acusadora o avergonzada, más allá de la mirada
esquiva o acusadora, es un acto de una dureza difícilmente equiparable a
otro.
El miedo se impone.
Miedo a ese o esa que me mira,
que, sin duda, tiene para mí una retahíla de reproches, de
recriminaciones, de gritos callados, y quizás algún odio que ya me ha
manifestado en alguna ocasión; quien me mira, posiblemente quiera
recuperar cualquiera de esas peleas cargadas de reproches que hemos
mantenido en numerosas ocasiones; tal vez vuelva a repetirme los mismos
sermones de siempre, y yo acabe rindiéndome, como siempre, y desviando
la mirada, agachando la cabeza, marchándome del lugar para no seguir
viendo a ese que solamente puedo ver en las fotos o en los espejos.
Tal vez me hable de las cosas que no hago aunque diga que las voy a
hacer, o me proponga que no siga aplazando el encuentro de corazón a
corazón que tenemos pendiente.
Supongo que para el que me mira
desde el espejo tampoco será agradable la relación de guerra que
tenemos, y preferiría ver de mí sólo la sonrisa que a veces se asoma a
mi boca, o preferiría ver una mirada que le mirase fijamente, sin miedo
ni enfado, y con amor. Pero no nos llevamos bien del todo.
No quiero aceptar que me reproche tan francamente lo que yo no me reprocho –esquivándolo- , cosa que debiera hacer.
Me molesta tanta sinceridad de su parte, que no evite las situaciones
como las evito yo, que me diga lo que yo no me atrevo a decirme, que vea
lo que yo no quiero ver… y que no se calle, ni por prudencia ni por
vergüenza.
Ya sé que es un asunto exclusivamente mío.
Ya
sé que debería agradecerle su honestidad, su integridad, la valentía que
a mí me falta; sé que debería darle un abrazo, aunque tenga que ser
simbólico, y también sé que se conformaría simplemente con una promesa
sincera, y posteriormente cumplida, de cuidar y amar al que se queda a
este lado del espejo, al que va conmigo a todos los sitios a todas las
horas; este ser humano que se mueve con torpeza por la vida, con las
alforjas cargadas de inseguridades, viviendo con más buena voluntad que
conocimiento, al que se le queda grande el cargo de general de su propia
vida.
Humano, a fin de cuentas.
Me cuesta mirarle-mirarme. Lo reconozco.
Rehúyo sus miradas-mis miradas. Es verdad.
Pero me prometo resolver este asunto, porque ansío recibir una mirada muy sincera de ese que me mira, que sé que me quiere.
P.D.- En realidad, ya sé qué es lo que debo hacer: quitarme el miedo a
lo que pueda decirme. Negar la realidad no la cambia. Y solamente yo soy
responsable de mi vida, y todo depende de mí, de que me muestre mi amor
aceptándome como soy y colaborando en el descubrimiento de quien soy de
verdad, realmente, para hacer de mí alguien idéntico al Ser que me
habita. Tengo que aliarme con el del espejo. Pero me cuesta… me cuesta.
Te dejo con tus reflexiones…
lunes, 17 de octubre de 2022
FRENTE AL ESPEJO (Por Emma Fernanfez)
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