El
temor y la morbosidad que el tema de la muerte comúnmente evoca y la
poca disposición para encararlo con comprensión, se debe a que la gente
pone excesivo énfasis sobre el cuerpo físico, a la facilidad de
identificarse con él y a que está basado en el temor innato a la soledad
y a la pérdida de las cosas familiares.
Sin
embargo, la soledad que acontece después de la muerte, cuando el hombre
se encuentra a sí mismo sin un vehículo físico, no tiene comparación
con la soledad del nacimiento.
Al
nacer, el alma se halla en un nuevo ambiente, sumergida en un cuerpo
que al principio es totalmente incapaz de valerse por sí mismo o de
establecer un contacto inteligente con las condiciones circundantes,
durante un largo periodo.
El
hombre viene a la encarnación sin recordar la identidad, o lo que para
él significa el grupo de almas en esos cuerpos con quienes está
relacionado; esta soledad desaparece gradualmente, y sólo cuando
establece sus propios contactos personales, descubre a los que congenian
con él y eventualmente reúne a su alrededor a quienes considera sus
amigos.
Después de la
muerte no sucede lo mismo, porque el hombre encuentra en el más allá a
quienes conoce y se vincularon con él en la vida del plano físico, y
nunca está solo, como el ser humano entiende la soledad; también es
consciente de los que poseen aún cuerpos físicos; puede verlos, captar
sus emociones y también sus pensamientos, pues no existiendo el cerebro
físico no actúa como un obstáculo.
Si
la gente tuviera mayor conocimiento, temería a la experiencia del
nacimiento y no a la de la muerte, porque el nacimiento encierra al alma
en la verdadera prisión y la muerte física es sólo el primer paso hacia
la liberación.
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