Había una vez un maestro zen que era famoso por su sabiduría y compasión. Muchas personas acudían a él para buscar orientación y consejo en sus vidas. Un día, un niño se acercó al maestro y le preguntó:
Maestro, ¿cuál es el secreto de la felicidad?
El maestro sonrió y le respondió:
Ven conmigo y te lo mostraré.
El maestro llevó al niño a un hermoso jardín lleno de flores y árboles frutales. Allí, el maestro le dio al niño una manzana y le dijo:
Ahora, come la manzana y dime si es dulce.
El niño mordió la manzana y exclamó:
¡Es deliciosa, maestro! Es la manzana más dulce que he probado en mi vida.
El maestro sonrió y luego le dio al niño otra manzana. Pero esta vez, la manzana estaba podrida y marchita.
Ahora come esta manzana y dime si es dulce -le dijo el maestro.
El niño mordió la manzana y arrugó la nariz. Era amarga y desagradable.
Esta manzana está podrida, maestro. No es dulce en absoluto -dijo el niño.
El maestro asintió y luego dijo:
La vida es como estas manzanas. A veces, las cosas parecen dulces y agradables, y otras veces son amargas y desagradables. Pero la clave para la felicidad no está en tratar de evitar las cosas amargas y buscar solo las cosas dulces. La clave es aprender a aceptar todas las cosas, tanto las buenas como las malas, y encontrar la belleza y la sabiduría en cada una de ellas.
El niño entendió el mensaje del maestro y le agradeció por su sabiduría. Desde entonces, llevó consigo el regalo más precioso que había recibido: el conocimiento de que todas las experiencias, incluso las más difíciles, tienen algo que enseñarnos y que podemos encontrar la felicidad en cualquier circunstancia.
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