La "misión" no consiste en imitar a los demás en busca de aprobación, sino en ser nosotros mismos con todas las consecuencias.
Cuando lo somos, comenzamos a alinearnos con nuestro propósito de vida y empezamos a atraer a las personas que verdaderamente resuenan con nuestra frecuencia.
El alma florece y la encarnación comienza a tomar una dirección mucho más clara y coherente. La vida, aun con sus aspectos buenos y no tan buenos, adquiere sentido. 
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