Todos guardamos representaciones de nuestros yoes del pasado.
Son imágenes, o entes etéreos, de diferentes épocas de nuestra vida, y
de diferentes estados y vivencias por los que hemos atravesado.
Algunos se sienten en paz, satisfechos, y reposan en la parte del
recuerdo y del pasado donde hemos almacenado las cosas de las que nos
sentimos complacidos y en paz.
En cambio, con los yoes de
aquellas actitudes y hechos de los que no nos sentimos orgullosos,
aquellas de las que hasta negamos la autoría, hacemos dos cosas
opuestas: o los dejamos a la vista, les sacamos brillo cada día para que
no se nos olviden, nos los restregamos continuamente, sacamos punta a
sus espinas y rellenamos el depósito del veneno, todo ello para
satisfacer a nuestro masoquista interior, o las escondemos bien
escondidas en un lugar al que nos resulta desagradable regresar.
En el primer caso, y si no somos capaces de sacar ningún provecho y sólo
nos recreamos de un modo depravado en su repetición regodeándonos en el
auto-reproche, el acto es inútil, se vuelve en nuestra contra, mina
nuestra Autoestima, nos enfrenta a nosotros mismos, y nos enzarza en una
guerra en la que ambas partes son perdedoras.
Por lo expuesto, sería conveniente tomar otra actitud y dejar de insistir en ese castigo maquiavélico y perverso.
En el segundo caso creemos, equivocadamente, que no hablando de ello,
negándolo, o tratando de olvidarlo, dejará de molestarnos, se diluirá en
el pasado y dejará de pedirnos cuentas.
Un error. También.
El que no nos acordemos conscientemente de ello no quiere decir que no nos afecte de un modo inconsciente.
Y no hay que olvidar que el 99% de nuestros actos y pensamientos, se gestan y construyen en el inconsciente o lo inconsciente.
En realidad, latentes y asomándose sólo de vez en cuando, esperan una
explicación que les redima del pesar que les apesadumbra al saber que
vivieron actos o actitudes que negamos.
Se sienten culpables y sin saber por qué.
Son cosas que hicimos hace tiempo –por tanto no las hizo el yo de hoy
sino un yo del pasado- y que se hicieron en su momento sin mala
intención y sin mejor conocimiento, por las que nos exigimos
responsabilidades como si fuéramos expertos.
Esos yoes que ahora
rechazamos, de los que se arrepiente nuestra conciencia, no entienden
que en su momento fueran una decisión nuestra y en cambio ahora sean
apestados de los que es mejor renegar. Se sienten traicionados y
abandonados.
Mientras, se van alimentando de nuestra Autoestima, y la van minando poco a poco.
Ahora, cuando se pueden asomar a nuestra memoria, dan un zarpazo a
nuestro corazón, y nosotros reaccionamos tratando de esconderlos de
nuevo en lugar de acogerlos, o de reconocerlos en vez de negarlos, y les
condenamos al silencio sin aclaraciones en vez de hablarles para darles
una explicación de lo sucedido.
Sus porqués no obtienen respuestas.
Esos yoes que una vez fuimos, injustamente acusados, buscan
reconciliarse de nuevo, quieren hacernos ver que forman parte de las
experiencias por las que hemos tenido que pasar, que son parte innegable
de nuestro pasado, que necesitan ser comprendidos y acogidos, que no
merecen nuestra desaprobación porque no les tocó hacer la parte más
agradable, que son yoes tan nosotros mismos como los otros yoes a los
que ensalzamos.
Una de las formas útiles de reconciliarnos con
nuestro pasado, del que somos, no lo olvidemos, responsables únicos, es
la que expongo:
Se trata de conseguir una relajación adecuada, en
un sitio en el que no vayamos a ser molestados, con bastante tiempo
libre disponible, y en el modo que tengamos por costumbre hacerlo.
Una vez relajados, sin ninguna expectativa de lo que “tiene” que
suceder –porque si nuestra mente está pendiente de que suceda algo
concreto no será una relajación auténtica, y puede que nos estemos
“inventando” lo que suceda a continuación-, y sin ninguna prisa –quizás
no suceda algo la primera vez o tarde en aparecer, y, además, es
conveniente repetir el ejercicio en varias ocasiones porque cada ocasión
nos puede mostrar algo más-, y sin permitir que la mente consciente
intervenga tratando de analizar lo que está sucediendo –porque si
dejamos que una parte del consciente intervenga, entonces no estamos en
el lugar del inconsciente al que queremos llegar-, entonces es el
momento de observar qué yo va apareciendo, y qué nos cuenta.
Para
que sea eficaz, es conveniente no estar pendiente de lo que suceda con
una parte de nuestra consciencia que quiera acudir a la relajación para
tomar nota de lo que suceda. Porque en ese caso no se alcanzaría el
acceso correcto a lo inconsciente, y porque lo importante de este
trabajo se produce en el encuentro con los yoes y en ese nivel, que es
donde está el conflicto, y no se elabora en el pensamiento o la razón.
No hay que estar pendiente de que no se olvide nada de lo que vaya a
suceder. De lo que haya que acordarse, se acordará uno.
La
primera regla es que hay que ponerse a la altura física de quien
aparezca –si es un niño, hay que agacharse hasta que nuestros ojos estén
frente a los suyos-; la segunda es que hay que escuchar lo que nos
quiera decir, con palabras o sin ellas, con gestos o con sentimientos, y
no hay intervenir hasta que termine. No hay que estar a la defensiva,
ni culpabilizar a algo o alguien ajeno –las circunstancias, el destino,
los otros, etc.-, sino explicar, en un tono sosegado y de modo que esté a
su nivel intelectual, el porqué de aquello que le tocó hacer, o sea, de
lo que se hizo en aquel momento.
Las explicaciones, básicamente,
son las mismas para todos. “Hiciste lo que creíste que tenía que hacer,
o lo que suponías que eras lo mejor, o lo que permitieron hacer las
circunstancias, con el conocimiento y la experiencia que tenías
entonces. Te lo agradezco igualmente, aunque el resultado no fue el que
esperaba. Te acojo con amor en mi vida porque formas parte de mí”. El
texto se debe modificar al gusto de cada uno, porque si uno se habla con
palabras que no son suyas, o de un modo que no es habitual, el yo puede
creer que no hay sinceridad.
También es interesante tener unas
preguntas preparadas, para ver si se puede conseguir respuestas que nos
clarifiquen alguna duda.
Cuando se termine “la conversación”,
cuyo final no hay que precipitar para que quede perfectamente resuelto,
hay que ofrecer un abrazo al yo, y si lo acepta, podemos dar el asunto
por resuelto.
Si acepta el abrazo, que sería lo lógico, conviene
que sea muy real, que lleve todo el amor que seamos capaces de
transmitir, que sea lo más sincero que hayamos hecho en nuestra vida, y
si notamos que nos abraza con la misma pasión que nosotros ponemos, o
captamos una sonrisa, un asentimiento, una relajación en su gesto, una
palabra que nos lo confirme, entonces es momento de disfrutar el abrazo,
de saborear la reconciliación, y entonces es cuando hay que apretar más
el abrazo, hasta que el yo se integre en nosotros y pase a formar parte
indisoluble de nosotros, dejando de ser un ser etéreo que vaga perdido.
Si no lo acepta, tal vez sea porque no se crea lo que le estamos
diciendo, así que puede ser que falte sinceridad por nuestra parte, o
que esté demasiado resentido. Lo que hay que hacer es volver otro día,
para ver si se ha ablandado y ha comprendido nuestra intención y
voluntad.
En cualquier caso, cuando tengamos la sensación de que
ya está resuelto conviene comprobarlo, haciendo preguntas directas como,
por ejemplo: ¿Qué necesitas?, o: ¿Qué puedo hacer por ti?, o: ¿Te queda
alguna duda?
Hay otra versión de este ejercicio, que es buscar
intencionadamente uno de esos yoes con los que queremos relacionarnos
especialmente porque queremos arreglarlo. En ese caso podemos llamarle, o
“forzar” un poco, sólo muy poco, la imaginación para que se presente. Y
si no llegamos a verle con forma, pero le intuimos, es suficiente. El
proceso posterior es el mismo.
No pienses en lo que has leído.
Sólo observa si en algún momento durante estos últimos minutos has
sentido dentro de ti, de un modo que no necesita explicación, que todo
esto puede ser verdad y puede ser así.
En ese caso, y si lo deseas, ponlo en práctica.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
sábado, 19 de octubre de 2024
RECONCILIARSE CON LOS YOES DEL PASADO (Por Emma Fernandez)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario