lunes, 17 de mayo de 2021

LA NIÑA Y LA POBRE LIMOSNERA Francisco de Sales.

 La niña,
observaba aquella mujer
con la mirada absorta del asombro,
con la duda razonable de la primera vez que sucede algo,
con la curiosidad muy atenta a lo que decían sus ojos.

La mujer
mantenía la postura de cuenco en su mano
y la actitud de pedir en sus ojos gachos;
la lástima le brotaba por todas partes
intentando despertar la conciencia de las personas.
La mujer,
de íntegro luto,
con más años que quejas en su voz,
con más penas que estrellas,
con más miedo que amor,
decía todo con su silencio.
Las personas,
que no eran capaces de salirse de la gente y ser individuos,
individuales,
sólo le daban una mirada
y porque era inevitable para no tropezarla.
La niña,
desde la atalaya de sus pocos años
no alcanzaba a ver más allá de su propia inocencia sin juicio.
La mujer,
obstinada en sobrevivir como fuera,
mantenía estirado su brazo de estatua
y abierta su mano limosnera.
La niña,
que no sabía de rendirse y pedir,
cruzó la frontera de la calle que las separaba
y depositó en la mano pedigüeña un beso
con las alas tibias de sus labios,
y una flor.
La mujer
supo que era lo mejor que le habían dado.
Rezó una oración ensopada por las lágrimas
y bendijo la sabiduría de la inocencia
mientras soportaba como podía el terremoto
cuyo epicentro se había instalado en su corazón.
Francisco de Sales

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