En
mi opinión, aunque uno no le ponga nombre y no siempre esté consciente
de que lo está buscando, sobre cada persona sobrevuela el deseo de
llegar a alcanzar el bienestar –en el caso de los más prudentes y
sensatos-, el mejorestar -en el caso de los que son
un poco sanamente ambiciosos-, y la plenitud –en el caso de los menos
conformistas y de los que están convencidos de tener derecho a ella y de
tener la capacidad de estar preparado para vivirla-.
La
plenitud conlleva esa completitud en que uno siente que cada una de sus
partes armoniza y se funde con el resto y que cada una de las partes
que le componen se haya más o menos en paz con sus circunstancias, más o
menos en una concordancia total, y con un buen equilibrio entre lo que
hace y lo que desea hacer.
La vida plena no es la vida en la que uno lo tiene todo, sino la vida en la que uno está satisfecho con todo.
Y cuando no está plenamente satisfecho –porque parece que eso de que
TODO vaya bien y TODO sea perfecto es algo imposible- lo que sí tiene es
una aceptación amable, sin conflictos ni contradicciones, porque uno
asume que la perfección es solo para los dioses y que TODO solo está al alcance de Dios.
Así
que… reflexiono... un Camino que puedo emprender es el de la aceptación
de lo que hay, lo que tengo y lo que soy, con una sonrisa y sin ningún
autoreproche; el mismo Camino lo puedo alargar después para seguir
trabajando por acercarme al ideal pero sin que la no consecución de lo
absoluto se convierta en un drama.
Otro
Camino es llenar mi vida de cosas interesantes: pequeñas grandes cosas
que me aporten satisfacción. Solo aquellas que pueda alcanzar y que
encajen bien con mis deseos y proyectos. O lleno mi vida de cosas interesantes o me convierto yo en alguien interesante para mí mismo.
Puedo
aspirar a la completitud, a la plenitud, y a una tranquilidad que me
haga sentir que el tiempo que paso conmigo –que es TODO el tiempo- es de
satisfactoria compañía, es humano, es de calidad.
La plenitud en la vida requiere de la presencia constante y consciente.
Solo cuando uno se da cuenta de sí mismo es cuando se puede sentir
pleno; en otros casos uno se siente feliz o contento o se siente ocupado
o distraído, pero en ninguno de esos casos se alcanza la sensación de
integridad, de reconocerse como un ente cuerpo-alma-persona-yo, como un
conjunto donde conviven la conformidad con uno mismo y un agradable
orgullo por el modo de ser, de comportarse honestamente en la vida y con
el resto del mundo, de estar en la imperfección provisional pero
caminando a diario en dirección hacia la integración de la propia
personalidad dispersa.
La
plenitud vive en cada uno de los momentos y en cada momento está a
nuestro alcance, sin imponernos unas condiciones materialmente
inaccesibles, porque es una aspiración del Ser y no del ego. El ego
entorpece, con sus erradas ambiciones, el acceso a la plenitud del
silencio, del vacío, de la nada tranquila y enriquecedora, del estar uno
satisfecho con quien es sin importar lo que tiene.
La
plenitud es un éxito en el que confluyen lo espiritual, lo material y
lo personal al mismo tiempo; “personal” como cuerpo-alma, no como ego
que compite contra todo el mundo y no se conforma con menos que superar a
todos los demás. La plenitud en la vida está abierta y accesible para todos.
Y ahora, si no sientes todo lo que la plenitud es, ya tienes una hermosa y satisfactoria tarea: saberte y sentirte pleno.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
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