La historia nos dice que la bomba
atómica que cayó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima en el año 1945
tenía 20 kilotones de poder destructivo. Un kilotón equivale a 1,000
toneladas de trinitrotolueno (TNT). La explosión que ocurrió en
Hiroshima equivalió a la que producirían 20,000 toneladas de TNT. Pero
esto no es nada en comparación con las armas que se inventaron varios
años después. ¿Puede haber otro poder más destructivo que este? Sí, lo
hay. Y aunque no está hecho de metales
radioactivos como el uranio, la lengua humana ha producido más guerras,
más muerte y más sufrimiento que cualquier arma nuclear.
Con este pequeño miembro podemos animar y ayudar a nuestro prójimo o con él podemos desmoralizar, derrumbar y destruir.
Por si esto fuera poco, las personas faltos de dominio propio y
reverencia, a veces usan la lengua para hablar contra el propio Dios del
cielo o se confieren el derecho de llamar seres de Luz a los que le
siguen en sus errados conceptos.
Para evitar esto tenemos que despojarnos del viejo hombre. La mentira y la difamación son una de las características sobresalientes del viejo hombre, pero el nuevo debe rechazar tajantemente esta práctica.
No existe nada más grave, más enojoso, lo vuelvo a repetir, que juzgar o despreciar al prójimo. ¿Por qué más bien no nos juzgamos a nosotros mismos, ya que conocemos nuestros defectos, de los cuales deberemos rendir cuenta a Dios? ¿Por qué usurpar el juicio de Dios?. Aquellos que quieren ser salvados no se ocupan de los defectos del prójimo, sino siempre de sus propias faltas, y así progresan.
Que Dios nos haga dignos de comprender aquello que nos es provechoso y realizarlo! Porque cuanto más nos preocupemos por cumplir diligentemente lo que entendemos, más nos da Dios su luz y nos enseñar su voluntad.
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