En mi opinión, tú –aunque no
sé quién eres- también has vivido en más de una ocasión esa sensación
de que no te apetece hacer cosas y que no es por culpa del cansancio
precisamente, sino porque una inapetencia que a veces no tiene razones
ni motivos, se instala y se empeña en mantenerte en esa apatía
descorazonada que frustra tantos momentos placenteros.
Esos
momentos en los que te encuentras sin ánimos para comenzar a hacer algo
de lo que tienes que hacer y no consigues ponerte en marcha; ni siquiera
eres capaz de ponerte a hacer lo que te gusta hacer.
Y no se
trata de que estés en una depresión, ni siquiera en una pre-depresión.
Es algo que uno no puede explicarse, porque aunque una parte de la mente
sienta que tiene que hacer algo, hay otra parte de la mente –que en
este caso es más poderosa- que impone su inapetencia y para ello
secuestra las energías y la voluntad dejándole a uno desamparado y con
la única opción de quedarse quieto de cuerpo, pero con la mente
reprochadora en activo.
Así se pasan las horas y uno no es capaz
de activarse; no hay nada que resulte interesante o atractivo, todo
aparenta haber perdido su valor o su capacidad de producir placer y
satisfacción, y uno está ausente, sin saber dónde está, hasta que el
final del día hace un resumen y sólo encuentra el vacío generado por la
desatención a la propia vida.
Hay un conflicto silencioso en el
interior al que uno asiste como espectador pero –aparentemente- sin
fuerza para intervenir y sin voz ni voto. Aunque esto último no es
cierto.
El momento en que uno es consciente de lo improductiva y
dañina que es su situación es, precisamente, el momento en que la parte
más sensata de uno –que siempre está, aunque no se sienta- debería
intervenir con firmeza, con decisión, con valentía, y tomar el mando de
la situación imponiendo su cordura y desterrando -como sea- ese
abandono, esa desgana, esa languidez que se ha instalado.
Es muy
útil en esos casos contar con la ayuda de una amistad que sea capaz de
motivar, o de un psicólogo si la situación se alarga o se repite a
menudo, pero es más útil aún la implicación personal, sacando el poder
de donde sea que se encuentre y aplicándolo para controlar la situación y
reconducirla.
O sea, obligarse.
O sea, imponerse a esa
situación impasible, a esa indiferencia ante cualquier motivación, para
reencontrar el camino de la normalidad y seguir adelante, incluso a
pesar de la oposición de un boicoteador interno.
Y sí, se puede.
Se puede rescatar al director de nuestra vida y volver a reafirmarle en
su puesto al mando para que la vida vuelva a fluir con normalidad.
Uno se tiene que enfrentar a sus debilidades momentáneas, a sus
desganas, y a la flojedad de ánimo para que la vida no se siga escapando
a chorros y uno pueda seguir llenando su vida de VIDA.
Se recomienda tener preparadas opciones para cuando se llega a ese momento.
Por si a alguien le sirve la idea, yo tengo un folio donde he escrito
un título que es toda una declaración de intenciones: “Cosas que puedo y
quiero hacer cuando no tengo ganas de hacer”. En él he escrito -y sigo
añadiendo cosas- todo aquello que me es accesible y satisfactorio.
A mí, me funciona. Como ya escribí, es preciso obligarse. Como sea, uno
tiene que imponerse coger el folio y hacer una selección entre lo
escrito. Y obligarse. El placer, o por lo menos la satisfacción, llega
después, cuando uno ya se ha puesto en marcha y está –¡por fin!-
haciendo algo que le es más agradable y placentero que el abandono
funesto.
Entiendo que a veces uno está tan desalentado, casi tan abatido, que esto no es una tarea fácil. Pero tampoco es imposible.
Y tú eres el beneficiado.
Así que…tú decides.
Te dejo con tus reflexiones…
Francisco de Sales
domingo, 2 de abril de 2023
QUE HACER CUANDO NO APETECE HACER (Por Emma Fernandez)
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