Para
que nuestra vida tenga un sentido pleno es necesario comunicarse con
honestidad con el yo que todos tenemos dentro. Está en nosotros tomar
las riendas.
Cuando
somos sinceros, nos comunicamos con transparencia. No fingimos y
llegamos al otro sin corazas. Esta sinceridad se fortalece cuando
estamos alineados en pensamientos, palabras y acciones. En cambio,
cuando nuestras palabras expresan un mensaje mientras nuestro cuerpo
está transmitiendo otro, estamos desalineados. Esto indica que nuestro
diálogo interior no es claro, ni fluido. Quizá ni siquiera nos
planteamos esa conversación entre corazón y mente, entre intuición y
lógica.
Hay
voces internas que nos hablan: el miedo, el ego, la avaricia, los
deseos, el pasado... ¿a qué decimos sí y a qué decimos no?"
Nos
parece complicado mirar hacia nuestro interior. No se nos ha educado en
ello. La sociedad del consumo y del entretenimiento provoca estímulos
que nos distraen, y nos olvidamos de nosotros mismos. Es lo que buscan
muchas personas, mirar hacia fuera antes que ordenarse por dentro.
Muchas caen en un consumismo fácil, que les arrastra además a una carga
económica adicional.
Tememos
ver nuestras sombras interiores, nuestros miedos y nuestra
vulnerabilidad. Huimos de ello viviendo hacia fuera. "No te entregues a
tus miedos dice el alquimista en la obra de Paulo Coelho; si lo haces,
no podrás hablar con tu corazón".
Dedicamos
poco tiempo a la reflexión y al auténtico diálogo. Tenemos
conversaciones pendientes con nosotros mismos y con otras personas. Al
irlas posponiendo, funcionamos más con el piloto automático, con
patrones de comportamiento "habituales". Las conversaciones sinceras nos
facilitan ver con claridad lo que tenemos que conservar, mejorar o
modificar. Hagamos una lista de conversaciones pendientes y dediquemos
un tiempo para tenerlas. Dejemos de posponer y abrámonos al diálogo.
Estamos
constantemente conversando con nosotros mismos. Incluso cuando no somos
conscientes de ello, nuestra mente está en una cháchara constante.
Cuando los pensamientos que creamos son inconexos entre sí, las palabras
provocan ruido mental, que supone una polución de pensamientos inútiles
y sin sentido. En esos momentos es bueno pararse, respirar profundo,
centrarse y conectar con lo que sentimos. Así recuperaremos la
sinceridad de la palabra que surge del corazón.
Ser
sinceros con nosotros mismos implica escucharnos. Hay muchas voces
internas que nos hablan, como son la voz del miedo, del ego, de la
avaricia y los deseos, del pasado, de la autoestima, de los valores, de
nuestros anhelos más profundos, además de las voces de las personas que
tienen relación con nosotros y que nos dan su opinión. Para tomar
decisiones adecuadas es necesario tener un buen discernimiento. ¿A qué
decimos sí y a qué decimos no? Necesitamos estar centrados. Eso se
consigue meditando.
Estamos
condicionados mentalmente a juzgar. Nuestro juez interior etiqueta a
los demás y a nosotros mismos. Entrar en un espacio de conversación
sincera con uno mismo requiere manejar a nuestro saboteador y juez
interior que no acepta lo que es, que etiqueta precipitadamente y
reprime la voz de nuestra intuición, de nuestro corazón. Necesitamos un
diálogo que nos permita poner al crítico interior "en su sitio", que
deje de reprimirnos y de obstaculizar nuestras ilusiones. Para ello
debemos escuchar la voz de nuestro corazón y atrevernos a seguirla. En
la reflexión silenciosa conectamos con lo que realmente queremos, y
desde ahí iniciamos el diálogo sincero.
Ser
sincero con uno mismo es una liberación, ya que uno deja de intentar
ser otra persona. Dejamos de estar divididos entre dónde estamos y dónde
nos gustaría estar, eliminamos la tensión entre el aquí y el allí.
Dejamos de compararnos continuamente con los demás. Nunca podemos ser
otro. Cuando queremos aparentar y vivir la vida como la vive otro,
dejamos de estar presentes y negamos nuestra excepcionalidad, belleza y
valor como individuos. La sinceridad nos conecta con ello estando
presentes en nosotros mismos. Esta presencia facilita alinear la voz de
nuestra conciencia con lo que decimos y hacemos. Así, nuestras
decisiones son coherentes con nuestros valores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario