El/la chantajista o manipulador
emocional suele tener un patrón de comportamiento bastante
identificable. ¿Quieres saber si estás ante uno de ellos? Descubramos
sus características:
Exigencia como forma más común de comunicarse. Se trata de una exigencia
sutil, le encanta jugar a que la otra persona adivine qué es lo que
quiere y no cesa en el empeño hasta que el otro acepta o cede ante lo
que pide o espera. Suelen ser comunes frases como: “nunca entiendes
nada”, “Siempre hay que explicártelo todo”, “tú sabrás lo que has
hecho”.
Se resiste al cambio. Es poco tolerante ante la opinión de los demás, lo
que él/ella dice es lo único que vale. Culpa al otro de su
insatisfacción, frustración, tristeza o enojo, siempre viendo la paja en
el ojo ajeno. Son frecuentes expresiones como: “Que tú lo veas así no
quiere decir que tengas razón”, “habló el/la listo/a de la clase”, “como
nunca haces caso a tu padre/madre, así te va”.
La presión como su arma más letal. Puede llegar a ser agotador/a. No
para hasta conseguir lo que quiere y en el camino hasta lograr su
propósito utiliza toda una serie de recursos emocionales, sustentados en
la manipulación, como el llanto, la rabia, la ira, la culpa, la
vergüenza, etc. A destacar enunciados del tipo: “Qué vergüenza, que
dirán los vecinos si te ven así vestido/a”, “Te lo repetiré tantas veces
como sean necesarias”, pero también el silencio. Hacen de la
indiferencia su castigo más duro con la intención de hacer sentir mal a
la otra persona y que ésta le pida perdón o haga lo que espera de ella.
Amenaza constante. Si siente que no va a conseguir lo que quiere empieza
a advertir de las consecuencias que tendrá el pensamiento o acción del
otro. Generalmente consecuencias emocionales en relación al daño que le
hace su negativa, y en situaciones más extremas la amenaza de muerte:
“Me vas a matar un día de estos”, “Un día me va a dar un infarto”,
“atente a las consecuencias, luego no vengas llorando”.
Se ancla en el rol de víctima. Utiliza el chantaje emocional para hacer
sentir mal al otro. Se refugia en el lloro, en el desconsuelo y la
desdicha para ganar el terreno emocional que considera que le
corresponde. “Déjalo no lo hagas, si ya sé que no valgo para nada”, “No
te preocupes por mí, total para lo que me queda que vivir”, “Si hijo/a
si ya sé que soy un/a ignorante”.
Se nutre de la obediencia de la otra persona para conseguir lo que
busca. Utiliza su posición dominante ante las emociones del otro que no
quiere verlo/a mal y acepta lo que el “abusador” quiere. Por tal de que
no se cree una situación más tensa y el problema se haga mayor, la
persona que lo sufre cede.
Domina el arte de las promesas incumplidas. Cuando siente que el otro se
empieza a alejar, su forma de retenerlo es prometiendo que va a
cambiar, pero eso nunca sucede ya que al sentirse de nuevo empoderado
vuelve a la misma dinámica de siempre.
Da para recibir. Utiliza los regalos para conseguir el favor emocional
del otro, hacerlo sentirse bien es su manera de manipularlo y tenerlo a
su merced.
Como podemos ver, el abuso emocional no solo puede estar presente en
relaciones de pareja sino que cualquier relación afectiva puede ser
susceptible de abuso, ya que se nutre del afecto que la persona tiene
hacia el/la abusador/a. Madres/padres que se victimizan o lloran cuando
el/la hijo/a no les da lo que quieren, amigos que dejan de hablarte a
modo castigo porque no obtienen de ti lo que desean, parejas que optan
por el silencio o la indiferencia para hacerte sentir que eres el/la
culpable de su enfado, son todos ejemplos de abuso emocional.
CIARA MOLINA
Psicóloga Emocional
No hay comentarios:
Publicar un comentario